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Muecas, que puede ser carero, pero es un luchador, nos ha enviado
esta foto, que supuestamente pertenece al famoso teleco (te
cagas, tío), Kent Ricochés Rabbit, con quien la
buena de la Puri le pone los cuernos a Bobo. ¿Será
verdad que es él? No lo podemos jurar, porque el amigo
Muecas no aporta más pruebas que su palabra y para que
nosotros pongamos la mano en el fuego, exigimos, como poco,
un mínimo de ADN. Claro, lo que pasa, es que no tenemos
otro material que el que nos envía este rockero, cuerpo
y alma de Rastas en el Paquete, un grupo escisión del
ya mítico Greñas en el Culo, perpetrado por Bobo,
del que Jorge Lasmuecas, alias El Muecas, fuera batera oficial.
Pero le dio un siroco, le pulió los bongos a Bobo y,
corrido de vergüenza, se lo montó a su bola. Hoy
en día, el tío vive de puta madre, por mucho que
llore. |
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Bobo:
Perteneces a una generación irredenta, irreparable, irresponsable,
irreflexiva e irrespetuosa, entre otras “irres”. Perteneces
a una generación sin futuro, porque no se merece su pasado.
Y tú (sí, tú) eres su más característico
representante. De lo malo, te lo llevas todo, chico. Como que soy
tu abuelo y como que te conozco tal que si te hubiera parido con mis
propias manos, que ya te lo avisé, hace nada menos que dos
años. Si tú has salido como has salido, espérate
a ver con la que te viene tu camada, caso de que cometas la imperdonable
incompetencia social de siquiera pergeñar a quienes tendrías
el valor de llamar hijos.
A las púas esparcidas por los morros y las orejazas (que, además,
las tienes llenas de pelos), a ese tatuaje del escorpión (¿no
había nada más asqueroso que tu ya famoso escorpión?)
alrededor del cuello, al de Stalin (que ni sabes quién fue
ni lo que hizo) en toda la espalda, a todo eso, digo, tus herederos
aportarán, a los fondos del legado cultural de un ser incomprensiblemente
llamado humano, la generalización por todo el cuerpo de cicatrices
artificiales (y carísimas) y la sustitución de un ojo
sano por otro de cristal, con la efigie de Ramón, el chico
de Eurovisión, que, para esas fechas, ya será un clásico
y antiguo ídolo musical objeto de culto (¿Que no? Tratándose
de tus churumbeles, seguro que sí. Ya lo verás. ¡Pasó
con Shaft!).
Pero, aún más. Resulta que me comentan en el casino,
con un cierto retraso, sobre una encuesta que han hecho, hace un par
de meses, a los pringaos con los que compartes generación.
Bien. Hablemos clarito. Resulta que, según la encuesta, a eso
de los diecisiete años de edad, tú y tus colegas, hartos
ya de follar de todas las maneras posibles y en todos los lugares
imaginables, decís haber alcanzado eso que se llama “hastío
por el sexo”. O sea, que estáis de echar polvos hasta
la seta, vamos.
¡O sea! Que, en unos poquitos años, todo lo que tu abuelo
que suscribe se empeñó y se empeñó a favor
de la liberalización de las costumbres sexuales, todo lo que
se escribió y se escribió a favor del amor libre (Weber
incluido), todo lo que se sufrió y se sufrió en el enfrentamiento
con la iglesia católica..., todo eso, digo, pues resulta que
a tomar por culo (porque, insisto, vamos a hablar clarito). Resulta
que, a estas alturas, poner la miel en la boca del cerdo ha significado
(¡oh, paradojas de la vida!) que la miel ha dejado de ser miel,
para pasar a ser una mierda, a eso de los diecisiete años de
edad.
Nada más y nada menos.
Y pensar que hubo honorabilísimos cerebros (léase Freud)
que se marcaron no sé cuántos volúmenes profundísimos,
alrededor de la peregrina idea de que, lo agarres por donde lo agarres,
el sexo es lo que manda. ¿Ah, sí? Pues ya me contarás
qué va a ser de vosotros, si a los diecisiete años estáis
como a los sesenta. Y si, entretanto, y por medio de la algún
programa informático en versión MP3, habéis tenido
algún hijo..., imaginaos, sólo imaginaos, con la que
os va a venir. Porque su obligación será superaros en
la barbarie. Yo, por mi parte, voy a seguir follando..., mientras
pueda. Se siente, majetes.
Edgar
Allan
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| El
repentino incremento de su capacidad de consumo, consecuencia
de un inesperado éxito en el trile, provocó
en Cipriano dei Bonamici una irresistible tendencia a dejarse
mecer por los cantos de sirena de la denominada gastronomía
a lo bestia. Colgó los hábitos (porque el tipo
era cisterciense de los de pura cepa) y se pasó a la
cofradía del jamón serrano con picatostes, extraña
confederación que encamina sus pasos por la senda más
alejada al ascetismo y se plantea la elaboración obsesiva
de sardinas en escabeche pintadas de purpurina, como rutina
de vida, camino de perfección y tal y eso. Después
de cuatro años de dedicación absoluta a hinchar
la andorga en irresponsable desorden, elaboró la teoría
del ajo insólito, según la cual, de cada cien
liliáceas enmohecidas, una es de descomunal tamaño
y olor insufrible. Esta teoría le valió el descrédito
de unos pocos y la repugnancia del resto, de manera que Cipriano
optó por la construcción de castillos en el
aire, especializándose en fruslerías, y en este
terreno alcanzó las más altas cotas de la perfección,
aunque el objetivo de tan magno proyecto se demostró
de nuevo inútil: hoy en día, a la gente le siguen
sin interesar las bagatelas (mundo materialista y yerto).
Cipriano dei Bonamici volvió a su Chipre natal, donde
trabó amistad con el orientalista búlgaro de
origen británico Federico Malperson, un genuino amante
del “dolce fare niente”, quien alabó, de
pe a pa, la gama completa de sus elucubraciones. Ambos se
construyeron una casa en lo alto de un pino, donde hoy viven,
felices, chupando de la caridad pública y de los restos
humeantes del estado del bienestar, libres de prejuicios e
inmunizados del qué dirán. Y así, hoy,
Bonamici y Malperson (y sus curiosísimos inventos,
como la ultraguinda y el electrochungo) se han convertido
en dos elementos inseparables y un mito para quienes luchan
en pro de una vida sincera y sin complejos. |
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