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#23
Verano
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CARTAS A BOBO
Carta número ochocientas cincuenta y tres mil quince
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El Muecas, que puede ser carero, pero es un luchador, nos ha enviado esta foto, que supuestamente pertenece al famoso teleco (te cagas, tío), Kent Ricochés Rabbit, con quien la buena de la Puri le pone los cuernos a Bobo. ¿Será verdad que es él? No lo podemos jurar, porque el amigo Muecas no aporta más pruebas que su palabra y para que nosotros pongamos la mano en el fuego, exigimos, como poco, un mínimo de ADN. Claro, lo que pasa, es que no tenemos otro material que el que nos envía este rockero, cuerpo y alma de Rastas en el Paquete, un grupo escisión del ya mítico Greñas en el Culo, perpetrado por Bobo, del que Jorge Lasmuecas, alias El Muecas, fuera batera oficial. Pero le dio un siroco, le pulió los bongos a Bobo y, corrido de vergüenza, se lo montó a su bola. Hoy en día, el tío vive de puta madre, por mucho que llore.

 

 

 

 

 

 

 

 

Bobo:


Perteneces a una generación irredenta, irreparable, irresponsable, irreflexiva e irrespetuosa, entre otras “irres”. Perteneces a una generación sin futuro, porque no se merece su pasado. Y tú (sí, tú) eres su más característico representante. De lo malo, te lo llevas todo, chico. Como que soy tu abuelo y como que te conozco tal que si te hubiera parido con mis propias manos, que ya te lo avisé, hace nada menos que dos años. Si tú has salido como has salido, espérate a ver con la que te viene tu camada, caso de que cometas la imperdonable incompetencia social de siquiera pergeñar a quienes tendrías el valor de llamar hijos.
A las púas esparcidas por los morros y las orejazas (que, además, las tienes llenas de pelos), a ese tatuaje del escorpión (¿no había nada más asqueroso que tu ya famoso escorpión?) alrededor del cuello, al de Stalin (que ni sabes quién fue ni lo que hizo) en toda la espalda, a todo eso, digo, tus herederos aportarán, a los fondos del legado cultural de un ser incomprensiblemente llamado humano, la generalización por todo el cuerpo de cicatrices artificiales (y carísimas) y la sustitución de un ojo sano por otro de cristal, con la efigie de Ramón, el chico de Eurovisión, que, para esas fechas, ya será un clásico y antiguo ídolo musical objeto de culto (¿Que no? Tratándose de tus churumbeles, seguro que sí. Ya lo verás. ¡Pasó con Shaft!).
Pero, aún más. Resulta que me comentan en el casino, con un cierto retraso, sobre una encuesta que han hecho, hace un par de meses, a los pringaos con los que compartes generación. Bien. Hablemos clarito. Resulta que, según la encuesta, a eso de los diecisiete años de edad, tú y tus colegas, hartos ya de follar de todas las maneras posibles y en todos los lugares imaginables, decís haber alcanzado eso que se llama “hastío por el sexo”. O sea, que estáis de echar polvos hasta la seta, vamos.
¡O sea! Que, en unos poquitos años, todo lo que tu abuelo que suscribe se empeñó y se empeñó a favor de la liberalización de las costumbres sexuales, todo lo que se escribió y se escribió a favor del amor libre (Weber incluido), todo lo que se sufrió y se sufrió en el enfrentamiento con la iglesia católica..., todo eso, digo, pues resulta que a tomar por culo (porque, insisto, vamos a hablar clarito). Resulta que, a estas alturas, poner la miel en la boca del cerdo ha significado (¡oh, paradojas de la vida!) que la miel ha dejado de ser miel, para pasar a ser una mierda, a eso de los diecisiete años de edad.
Nada más y nada menos.
Y pensar que hubo honorabilísimos cerebros (léase Freud) que se marcaron no sé cuántos volúmenes profundísimos, alrededor de la peregrina idea de que, lo agarres por donde lo agarres, el sexo es lo que manda. ¿Ah, sí? Pues ya me contarás qué va a ser de vosotros, si a los diecisiete años estáis como a los sesenta. Y si, entretanto, y por medio de la algún programa informático en versión MP3, habéis tenido algún hijo..., imaginaos, sólo imaginaos, con la que os va a venir. Porque su obligación será superaros en la barbarie. Yo, por mi parte, voy a seguir follando..., mientras pueda. Se siente, majetes.


Edgar Allan

 

 

 

El repentino incremento de su capacidad de consumo, consecuencia de un inesperado éxito en el trile, provocó en Cipriano dei Bonamici una irresistible tendencia a dejarse mecer por los cantos de sirena de la denominada gastronomía a lo bestia. Colgó los hábitos (porque el tipo era cisterciense de los de pura cepa) y se pasó a la cofradía del jamón serrano con picatostes, extraña confederación que encamina sus pasos por la senda más alejada al ascetismo y se plantea la elaboración obsesiva de sardinas en escabeche pintadas de purpurina, como rutina de vida, camino de perfección y tal y eso. Después de cuatro años de dedicación absoluta a hinchar la andorga en irresponsable desorden, elaboró la teoría del ajo insólito, según la cual, de cada cien liliáceas enmohecidas, una es de descomunal tamaño y olor insufrible. Esta teoría le valió el descrédito de unos pocos y la repugnancia del resto, de manera que Cipriano optó por la construcción de castillos en el aire, especializándose en fruslerías, y en este terreno alcanzó las más altas cotas de la perfección, aunque el objetivo de tan magno proyecto se demostró de nuevo inútil: hoy en día, a la gente le siguen sin interesar las bagatelas (mundo materialista y yerto). Cipriano dei Bonamici volvió a su Chipre natal, donde trabó amistad con el orientalista búlgaro de origen británico Federico Malperson, un genuino amante del “dolce fare niente”, quien alabó, de pe a pa, la gama completa de sus elucubraciones. Ambos se construyeron una casa en lo alto de un pino, donde hoy viven, felices, chupando de la caridad pública y de los restos humeantes del estado del bienestar, libres de prejuicios e inmunizados del qué dirán. Y así, hoy, Bonamici y Malperson (y sus curiosísimos inventos, como la ultraguinda y el electrochungo) se han convertido en dos elementos inseparables y un mito para quienes luchan en pro de una vida sincera y sin complejos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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