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#23
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CRÍTICA DE CONCIERTOS
 



Ben Harper. Foto: Dena Flows

 

Korn. Foto: Dena Flows

 

Atom Rhumba. Foto: Adrian Medrano

 

 

Unfinished Simpathy. Foto: Adrian Medrano

 

 

Violadores del Verso . Foto: Dena Flows

 

 

Patty Smith. Foto: Dena Flows

 

 

 

Jet. Foto: Dena Flows

 

 

Jet. Foto: Dena Flows

 

 

Ben Harper. Foto: Dena Flows

 

 

Young Heart Attack. Foto: Dena Flows

 

 

 



DISCOFAGIA EN EL FESTIMAD

Debo reconocer que ir al Festimad me daba un poco de pereza. Desde luego, los motivos de tal pereza eran puramente  subjetivos: Por una parte me sentía “viejo” para ir a un festival, aburguesado, pensarán algunos, pero lo cierto es que ya no me encuentro con la energía de hace unos años, para tragarme concierto tras concierto, malcomiendo y sin dormir. Además, no sé si con los años me estoy volviendo un antisocial, pero cada día disfruto menos de las grandes aglomeraciones. Por si esto fuera poco el cartel, a priori, no me convencía para nada,  de Ben Harper me gustaba lo poco que había oído, pero en realidad no sabía qué esperarme en directo, a Patty Smith la respeto profundamente, pero nunca he sido un gran seguidor suyo y el único disco que tengo de esta artista de Chicago es Horses. Pixies fueron muy importantes para mí, pero hace diez años, hoy se puede decir que están en las antípodas de mis gustos musicales. en cuanto a Korn, en fin, les perdí la pista en el ya lejano 1998 cuando sacaron Follow The Leader y hoy en día la banda de Jonathan Davis me parecen el paradigma del tedio. A todo esto hay que sumar el hecho de que tocaban algunas bandas a las que desprecio profundamente, como es el caso de los vacuos fineses de The Rasmus. Como podréis observar, tenía todas las papeletas para no disfrutar del festival, pero la vida esta llena de sorpresas y en el Festimad me llevaría varias. De un lado, disfruté de muy buenos conciertos, algunos, como Ben Harper y Patty Smith, realmente mágicos, además el buen ambiente, opuesto al pedorrismo que impera en otras citas veraniegas como el FIB, me reconcilió con la sociedad y como colofón, me demostré a mí mismo que aún estoy hecho un chaval.

Comenzaré la crónica de lo que dio de si, para mí, esta octava edición de Festimad, desde el principio. Estuvimos tanto tiempo dando vueltas con el coche, buscando la puta entrada a Móstoles, que me perdí a Zea Mays y a Sobrinus, de hecho llegamos al concierto de nuestros amigos Atom Rhumba por los pelos. Cuando por fin entramos en el parque del Soto, constatamos que había mucha menos gente que otros años. De camino al escenario Sol Música, donde estaban a punto de comenzar su actuación Atom Rhumba, pasamos por delante del Escenario Heineken, donde la cubana La Fres-k, acompañada por una banda real, desgranaba temas de su primer elepé. Su mezcla de Hip-Hop combativo y ritmos caribeños sonaba realmente fresca, valga la redundancia, pero tuvimos que perdérnosla si queríamos ver a los rhumberos.  Atom  Rhumba comandados por Rober! y con  la inestimable ayuda de Iñigo “Firehead” de Mermaid, repasaron su sorprendente Backbone Ritmo, convenciendo al público con su inclasificable y genial propuesta musical. A pesar de que el sol  lucía  sobre nuestras cabezas y de que la banda sufrió problemas de sonido, Atom Rhumba se metieron al público en el bolsillo, en una de las mejores actuaciones patrias. Lástima que el concierto fue corto y la banda tuvo que salir corriendo para Barcelona, ya que al día siguiente tocaban en el Primavera Sound, durante el transcurso de una intensa gira que incluye cuatro fechas en Japón. A continuación nos fuimos a la carpa Eastpak-Bcore, pero antes pudimos chequear a los teutones Die Happy,  practicantes de un crossover de regusto postgrunge, a medio camino entre Skunk Anansie y Manhole. La banda tenía actitud y la entrega de su frontwoman, la checa Marta Jondova, era meritoria, una pena que el prístino y medido sonido, unido a un excesivo gusto por el estribillo resultón, convertían a los alemanes en carne de la  MTV. Sin que los Die Happy acabasen su actuación, nos dirigimos a la carpa que, en su horario diurno, acogía al escenario Eastpack-Bcore, por donde desfilaron las mejores bandas nacionales e internacionales dentro del universo del emocore, el noise- pop y el post-rock. Nosotros pudimos constatar la buena salud de estos estilos en los directos de los contundentes The Unfinished Sympathy, los oscuros y melancólicos Maple y Nuevo Vulcano, trío formado por intérpretes salidos de las filas de los barceloneses Aina, que ofrecieron un intenso recital con momentos cercanos al punk  y al hardcore. Nos fuimos de la carpa para chequear el directo de Violadores del Verso que, aunque entretenidos, me sirvieron para constatar que, si esta es la mejor banda peninsular de Hip-Hop, nos encontramos ante un estilo el cual, desde mi humildísima opinión, no aporta nada  a la música.  Mientras cenábamos pudimos escuchar la actuación de Dirty  Americans, la banda de Detroit practica un rock directo y contundente, el cual más que mirar hacia sus paisanos Stooges o MC5, en realidad se nutre de bandas británicas de Hard-Rock como Led Zeppelin, Black Sabbath, etc... Su mezcla de riffs setenteros y saturación stoner fue una agradable banda sonora, mientras reponíamos fuerzas para ver uno de los platos fuertes del festival: Patty Smith. Ya he mencionado que no soy un gran fan de la artista de Chicago, per bueno, debo reconocer que esta mujer es una de las féminas más influyentes del rock, una auténtica poetisa punk. Según avanzábamos hacia las primeras filas yo me  iba contagiando del nerviosismo que había a mi alrededor, en un claro preludio de lo que sería un concierto memorable. Por fin sale a escena Patty, vestida de negro y corriendo de un lado hacia otro. La verdad es que la fragilidad que transmite su castigado semblante desaparece al verla retorcerse sobre el escenario, además, su voz apenas ha cambiado desde 1975. Patty, magníficamente  secundada por su banda, interpretó temas clásicos como “People Have The Power”, junto a cortes de su reciente trabajo Trampin´ , para acabar , como colofón, con su apoteósica versión del “Gloria” de los Them. Patty completó un intenso y emotivo bolo, dando toda una lección de clase, sólo echándose de menos un poco más de volumen. Con los acordes de “Gloria”  todavía en la cabeza nos acercamos al escenario Sol Música donde  Jet estaban a ofreciendo su actuación. Estos australianos, con hermanos en sus filas, están obteniendo cierta repercusión ya que un tema suyo ha sido elegido  para animar la campaña publicitaria de una conocida marca de telefonía móvil. Fanáticos de AC/DC, Stooges, Who, etc..., sonaron muy bien  y, aunque sus riffs rockeros no aporten nada nuevo, tampoco creo que lo pretendan, en directo eran de lo más entretenido. A todo correr vuelta al escenario Heineken, para no perdernos al otro plato fuerte de la noche, para mí el absoluto triunfador de esta edición de Festimad: Ben Harper. Los datos sobre este artista me desconcertaban: Treintañero californiano, aficionado al skate y al surf, luthier y restaurador de guitarras antiguas, sus gustos musicales no pasan por el hardcore melódico como otros compañeros de procedencia y generación y su música es una inclasificable amalgama de referencias setenteras. Ben Harper comenzó su actuación con un single de su último trabajo Diamonds on the Inside, un precioso medio tiempo en clave folk-rock  y que sería el preludio de lo que se nos vendría encima, uno de los mejores conciertos a los que he asistido en toda mi vida. Respaldado por una polivalente superbanda, en la que destacaban el orondo bajista Juan Nelson y el impresionante percusionista David Leach, Ben Harper desgranó un repertorio cargado de groove en el que hubo espacio para el folk, el rock, el blues, el soul, el funk , el jazz o el reggae, estilos que fueron abordados con una seriedad y una fidelidad a las fuentes originales, francamente asombrosas. A su facilidad para cantar los más diversos estilos con resultados impresionantes, hay que sumarle una soberbia técnica a la guitarra, sobre todo con el slide, y el dobro, artilugios con los que Ben es un auténtico maestro. Pero lo que realmente hace inmenso a Ben Harper es su capacidad para crear melodías inolvidables, un genial y envidiable talento para componer grandes canciones, desenvolviéndose magistralmente por los más variados cauces estilísticos. Pese a una inequívoca inclinación hacia las sonoridades de la década de los setenta, la rotundidad de los temas de Ben Harper aleja de su persona cualquier atisbo  de revivalismo barato. La brillante ejecución y su sentida interpretación convierten a este californiano en un auténtico artesano del rock. Después de dos horas de intensa actuación la banda se retiró, el público pidió más y entonces, salió Ben armado únicamente con su guitarra acústica. Interpretó tres temas de folk intimista, mientras  todos asistíamos perplejos a como este hombre nos desnudaba su alma. Cuando todo parecía haberse terminado, sale el resto del grupo y nos deleitan con una hora más de concierto, ¡ Tres horas de concierto! Y la gente seguía  impertérrita, sin moverse de sus sitios más que para bailar, hasta que Ben Harper puso la guinda al pastel con dos desgarradores temas de soul sureño ciertamente escalofriantes. En la información que ofrecía el festival sobre Ben Harper le tildaban de “el  Curtis Mayfield del siglo XXI” una denominación que me parece excesiva, pero que puedo entender tras haber asistido a este concierto. Y es que, la espiritualidad, la sinceridad y la tremenda humildad de Ben Harper (Pudimos comprobarla, cuando le sorprendimos mientras cenaba, sacándose fotos con unos fans), le convierten en un modelo a imitar, del que deberían tomar nota gente como Beck  o Lenny Kravitz, por ejemplo.

Esto es lo que deparó un intenso primer día, después unas copas por Madrid y a intentar descansar, preparándonos para el segundo asalto.

Cansados, resacosos y sin poder quitarnos a Ben Harper de la cabeza, comenzamos nuestra segunda jornada en Festimad. El cansancio provocó que disfrutase de forma desigual con los conciertos, pero había que estar al pie del cañón… Otra vez la carretera hizo que me perdiese un concierto que tenía ganas de ver, el de Los Coronas, supergrupo madrileño en el que  militan Fernando “Sex Museum” Pardo y David Krahe, una pena, porque unos conocidos me comentaron que estuvieron demoledores. A los que si pude ver es a los guipuzcoanos Delorean, que me gustaron bastante, buen pop, con ritmos bailables y un sonido deudor del pop siniestro británico de comienzos de los ochenta. Nos dimos una vuelta por la zona de las tiendas y observamos que había muchísima más gente que el día anterior, eso sí el público se encontraba dividido en dos: Por una parte, adolescentes próximos a la veintena, con estética numetalera, atraídos con el reclamo de Korn  y por otra, hordas ataviadas con camisetas de Pixies y Breeders, más cercanos a los treinta. De vuelta al escenario  Heineken , para chequear a los catalanes Tokyo Sex Destruction. No me gusta hablar mal de nadie, pero los de  Villanueva i La Geltrú deberían aplicarse mucho más, si quieren estar a la altura de las referencias que manejan ( Animals, Booker T & The MG´s, James Brown, Sonics, Sly Stone, Etc…) , porque nos ofrecieron mucha pose y poco más. Sin tiempo que perder nos acercamos al escenario Sol Música para asistir a la gran sorpresa del festival: Young Heart Attack. Tremendos, descomunales, los calificativos se quedan cortos para transmitiros el potencial de esta banda ejecutando Rock & Roll  directo y sin concesiones. Con las vistas puestas en The Who, MC5, Stones y sobre todo AC/DC, estos jóvenes con problemas cardiacos hicieron las delicias de los amantes del rock de toda la vida. Rudos, contundentes y demoledores, exhibieron unas tablas inconcebibles en un grupo de nuevo cuño. Estuve flipando desde la primera fila, pensando que eran europeos, hasta que alguien me aclaró que eran de Austin, Texas, y entonces lo comprendí todo: Pese a los esfuerzos de un puñado de bandas escandinavas, en esto del rock los americanos son la primera división. Young Heart Attack cuentan con dos enormes bazas en su poder: Un tremendo guitarrista solista, con ínfulas de Guitar Hero y la turbadora presencia de la neumática Jennifer Stephens que, agraciada con una potente voz y los registros propios de una diva del soul, se llevó  la mayoría de las miradas gracias a sus movimientos de stripper. Una grata sorpresa y un motivo para ensalzar el “Rock&Roll way of life”. Aún nockeado por la inmisericorde demostración de fuerza ofrecida por Young Heart Attack, me acerqué hasta el escenario Heineken para ver a The (International) Noise Conspiracy. Los suecos me habían dejado muy buen sabor de boca hace un año  en Bilborock. pero he de reconocer que en Festimad me decepcionaron. Me parecieron fríos, aburridos y monocordes. Aunque debo matizar que no todo fue culpa de la banda, ya que probablemente la hora y el lugar no eran los apropiados para las proclamas revolucionarias y el garage-punk con pinceladas soul de estos nórdicos adictos al sonido del fuzz y el Hammond. Tras un rato de descanso . nos preparamos para ver a Pixies. Lástima porque, como ya he mencionado, hace diez años, cuando parecía imposible una reunión, yo habría matado por ver a los de Boston, pero hoy en día, para mí Pixies forman parte del pasado, eso sí, un brillante pasado. Con los acordes de “Where is my mind”, y una auténtica muchedumbre  aprisionada, donde milagrosamente no hubo que lamentar ninguna desgracia, dieron el pistoletazo de salida unos Pixies más viejos y gordos. Sonaron muy frescos, como si el tiempo no hubiese pasado, y oyendo temas como “Debaser”, “Wave of Mutilation” o “Alec eiffel”, uno puede entender porqué estos tipos pusieron patas arriba el panorama musical independiente, convirtiéndose en la banda más influyente de los noventa, con permiso de unos Nirvana a los que también influenciaron. Fue gracias a trabajos sobresalientes como Come on Pilgrim,  Surfer Rosa,  Doolittle o Bossanova que Pixies se convirtieron en referencia para toda una generación indie. Black Francis  conserva su característica voz, David Lovering hizo unas cuantas cagadas en la batería, pero la imperfección se hace virtud en una banda como Pixies, Kim Deal con sus líneas de bajo de tres notas y sus característicos  coros nos dejó claro que sigue siendo la más punk del grupo. En cuanto a Joey Santiago reprodujo a la perfección sus alocadas guitarras, siempre al borde del desafine, en solos que parecen fruto de la casualidad, pero sólo lo parecen. Después de una rácana hora y cuarto, se retiraron  Pixies  y debo añadir que me dejaron más frío de lo que esperaba. El siguiente grupo al que vimos fueron los neozelandeses The Datsuns. The Datsuns combinan perfectamente el garage- rock y el blues-rock con el hard rock clásico, manejando también referencias más actuales. Su buen rock con guitarras deudoras de Hendrix y Page nos sorprendió a todos. The Datsuns son unas de las bandas más sólidas de la escena rockera actual. En cuanto a Korn , poco que decir , apenas les presté atención y me parecieron aburridísimos, aunque una multitud de imberbes les aclamaban como a unos nuevos mesías, ¡Ver para creer! Después, unos bailes con DJ Zorra y Big Mojo y se acabó lo que se daba.

Debo felicitar a la organización por recuperar el espíritu original el festival, optando por una oferta en la que prima el rock en su sentido más amplio, frente a las últimas ediciones más orientadas al metal. Aún así tengo algunas reclamaciones a modo de crítica constructiva, que , creo, mejorarían un festival clásico en el verano peninsular:

 

1.      Debería haberse tenido en cuenta la aglomeración de gente en el concierto de Pixies. Fue milagroso que no ocurriese nada y a muchos se nos venían a la cabeza desgracias como la ocurrida hace un par de años en un festival danés

2.      Aumentar la oferta para fumadores y bebedores: Sólo había Lucky, Kalimotxo, cerveza, agua y refrescos. Alcohol de baja graduación, decían, como si la cerveza no emborrachase... Eso sí, la prensa, los invitados y los grupos teníamos acceso a una variada oferta. La organización debería abandonar esta actitud clasista y paternalista.

3.      ¿ A quién beneficia el sistema de vales de consumición? A nosotros, desde luego, sólo nos sirvió para perder el doble de tiempo en colas, y para volvernos a casa con unos cuantos vales. Reivindico la mercancía a cambio de moneda de curso legal.

4.      Si salías del recinto, no podías entrar después de la una y media de la madrugada ¿Por qué? Si a esa hora aún había conciertos... Además nadie te avisa. Mi fotógrafo fue al coche a buscar las chamarras y no le dejaron entrar, tenía mi documentación y mi móvil, una liada... Al final consiguió colarse, pero las cosas no deberían funcionar así.

5.      Se echa de menos una oferta musical rockera nocturna. Es inconcebible que la organización piense que el público asistente a un festival de rock, a partir de cierta hora reniegen del rock y se conviertan en fans de la electrónica. No me gustaría parecer un rockero monolítico, me parece muy bien que se oferten deejays de electrónica, pero muchos agradeceríamos un espacio dedicado a otras músicas como el rock, el jazz, el funk, el reggae, etc...

Son pequeños detalles que mejoraría un festival que, año tras año, se va consolidando como cita ineludible, para todos los amantes del buen rock.

 

 

 

Iker Atxaga

 

 

 

 

Los Coronas. Foto: Dena Flows

 

 

 

 

 

Young Heart Attack. Foto: Dena Flows

 

 

 

 

 

The Datsuns. Foto: Dena Flows

 

 

 

The (International) Noise Conspiracy. Foto: Dena Flows

 

 

 

The Datsuns. Foto: Dena Flows

 

 

Delorean. Foto: Dena Flows

 

 

 

Die Happy. Foto: Dena Flows

 

 

Pixies. Foto: Dena Flows
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