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#23 Verano |
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| CRÍTICA DE CONCIERTOS | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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DISCOFAGIA EN EL FESTIMAD Debo reconocer que
ir al Festimad me daba un poco de pereza. Desde luego, los motivos
de tal pereza eran puramente subjetivos:
Por una parte me sentía “viejo” para ir a un festival, aburguesado,
pensarán algunos, pero lo cierto es que ya no me encuentro con la
energía de hace unos años, para tragarme concierto tras concierto,
malcomiendo y sin dormir. Además, no sé si con los años me estoy
volviendo un antisocial, pero cada día disfruto menos de las grandes
aglomeraciones. Por si esto fuera poco el cartel, a priori, no me
convencía para nada, de Ben Harper me gustaba lo poco que había
oído, pero en realidad no sabía qué esperarme en directo, a Patty Smith la respeto profundamente,
pero nunca he sido un gran seguidor suyo y el único disco que tengo
de esta artista de Chicago es Horses.
Pixies fueron muy importantes para mí,
pero hace diez años, hoy se puede decir que están en las antípodas
de mis gustos musicales. en cuanto a Korn,
en fin, les perdí la pista en el ya lejano 1998 cuando sacaron Follow The Leader y hoy en día la banda
de Jonathan Davis me
parecen el paradigma del tedio. A todo esto hay que sumar el hecho
de que tocaban algunas bandas a las que desprecio profundamente,
como es el caso de los vacuos fineses de The
Rasmus. Como podréis observar, tenía todas las papeletas para
no disfrutar del festival, pero la vida esta llena de sorpresas
y en el Festimad me llevaría varias. De un lado, disfruté de muy
buenos conciertos, algunos, como Ben Harper y Patty Smith,
realmente mágicos, además el buen ambiente, opuesto al pedorrismo
que impera en otras citas veraniegas como el FIB, me reconcilió
con la sociedad y como colofón, me demostré a mí mismo que aún estoy
hecho un chaval. Comenzaré la crónica
de lo que dio de si, para mí, esta octava edición de Festimad, desde
el principio. Estuvimos tanto tiempo dando vueltas con el coche,
buscando la puta entrada a Móstoles, que me perdí a Zea
Mays y a Sobrinus,
de hecho llegamos al concierto de nuestros amigos Atom
Rhumba por los pelos. Cuando por fin entramos en el parque del
Soto, constatamos que había mucha menos gente que otros años. De
camino al escenario Sol Música, donde estaban a punto de comenzar
su actuación Atom Rhumba, pasamos por delante del Escenario Heineken, donde la
cubana La Fres-k, acompañada
por una banda real, desgranaba temas de su primer elepé. Su mezcla
de Hip-Hop combativo y ritmos caribeños sonaba realmente fresca,
valga la redundancia, pero tuvimos que perdérnosla si queríamos
ver a los rhumberos. Atom Rhumba comandados por Rober! y con la inestimable ayuda de Iñigo “Firehead” de Mermaid,
repasaron su sorprendente Backbone
Ritmo, convenciendo al público con su inclasificable y genial
propuesta musical. A pesar de que el sol
lucía sobre nuestras cabezas y de que la banda sufrió
problemas de sonido, Atom
Rhumba se metieron al público en el bolsillo, en una de las
mejores actuaciones patrias. Lástima que el concierto fue corto
y la banda tuvo que salir corriendo para Barcelona, ya que al día
siguiente tocaban en el Primavera Sound, durante el transcurso de
una intensa gira que incluye cuatro fechas en Japón. A continuación
nos fuimos a la carpa Eastpak-Bcore, pero antes pudimos chequear
a los teutones Die Happy, practicantes de un crossover de regusto postgrunge,
a medio camino entre Skunk
Anansie y Manhole.
La banda tenía actitud y la entrega de su frontwoman,
la checa Marta Jondova, era meritoria, una pena
que el prístino y medido sonido, unido a un excesivo gusto por el
estribillo resultón, convertían a los alemanes en carne de la MTV. Sin que los Die Happy acabasen su actuación, nos dirigimos a la carpa que, en
su horario diurno, acogía al escenario Eastpack-Bcore, por donde
desfilaron las mejores bandas nacionales e internacionales dentro
del universo del emocore, el noise- pop y el post-rock. Nosotros pudimos constatar la
buena salud de estos estilos en los directos de los contundentes
The Unfinished Sympathy, los oscuros y
melancólicos Maple y
Nuevo Vulcano, trío formado por intérpretes
salidos de las filas de los barceloneses Aina, que ofrecieron un intenso recital con momentos cercanos al punk y
al hardcore. Nos fuimos
de la carpa para chequear el directo de Violadores
del Verso que, aunque entretenidos, me sirvieron para constatar
que, si esta es la mejor banda peninsular de Hip-Hop,
nos encontramos ante un estilo el cual, desde mi humildísima opinión,
no aporta nada a la música. Mientras cenábamos pudimos escuchar la actuación
de Dirty Americans, la banda de Detroit practica
un rock directo y contundente, el cual más que mirar hacia sus paisanos
Stooges o MC5, en realidad se nutre de bandas británicas de Hard-Rock como Led Zeppelin, Black Sabbath, etc... Su mezcla de riffs setenteros y saturación stoner fue una agradable banda sonora,
mientras reponíamos fuerzas para ver uno de los platos fuertes del
festival: Patty Smith. Ya he mencionado que no soy
un gran fan de la artista de Chicago, per bueno, debo reconocer
que esta mujer es una de las féminas más influyentes del rock, una
auténtica poetisa punk. Según avanzábamos hacia las primeras filas
yo me iba contagiando del nerviosismo que había a
mi alrededor, en un claro preludio de lo que sería un concierto
memorable. Por fin sale a escena Patty,
vestida de negro y corriendo de un lado hacia otro. La verdad es
que la fragilidad que transmite su castigado semblante desaparece
al verla retorcerse sobre el escenario, además, su voz apenas ha
cambiado desde 1975. Patty, magníficamente secundada
por su banda, interpretó temas clásicos como “People Have The Power”,
junto a cortes de su reciente trabajo Trampin´
, para acabar , como colofón, con su apoteósica versión del “Gloria”
de los Them. Patty completó un intenso y emotivo bolo, dando toda una lección de
clase, sólo echándose de menos un poco más de volumen. Con los acordes
de “Gloria” todavía en la
cabeza nos acercamos al escenario Sol Música donde
Jet estaban a ofreciendo su actuación.
Estos australianos, con hermanos en sus filas, están obteniendo
cierta repercusión ya que un tema suyo ha sido elegido
para animar la campaña publicitaria de una conocida marca
de telefonía móvil. Fanáticos de AC/DC,
Stooges, Who, etc..., sonaron muy bien
y, aunque sus riffs rockeros no aporten nada nuevo, tampoco
creo que lo pretendan, en directo eran de lo más entretenido. A
todo correr vuelta al escenario Heineken, para no perdernos al otro
plato fuerte de la noche, para mí el absoluto triunfador de esta
edición de Festimad: Ben Harper. Los datos sobre este artista
me desconcertaban: Treintañero californiano, aficionado al skate y al surf, luthier y restaurador de guitarras antiguas, sus gustos musicales
no pasan por el hardcore
melódico como otros compañeros de procedencia y generación y su
música es una inclasificable amalgama de referencias setenteras.
Ben Harper comenzó su actuación con un single de su último trabajo
Diamonds on the Inside, un precioso medio
tiempo en clave folk-rock y que sería el preludio de lo que se nos vendría
encima, uno de los mejores conciertos a los que he asistido en toda
mi vida. Respaldado por una polivalente superbanda, en la que destacaban
el orondo bajista Juan Nelson
y el impresionante percusionista David
Leach, Ben Harper
desgranó un repertorio cargado de groove
en el que hubo espacio para el folk,
el rock, el blues, el soul, el funk , el jazz o el reggae, estilos
que fueron abordados con una seriedad y una fidelidad a las fuentes
originales, francamente asombrosas. A su facilidad para cantar los
más diversos estilos con resultados impresionantes, hay que sumarle
una soberbia técnica a la guitarra, sobre todo con el slide,
y el dobro, artilugios con los que Ben es un auténtico maestro. Pero lo que
realmente hace inmenso a Ben
Harper es su capacidad para crear melodías inolvidables, un
genial y envidiable talento para componer grandes canciones, desenvolviéndose
magistralmente por los más variados cauces estilísticos. Pese a
una inequívoca inclinación hacia las sonoridades de la década de
los setenta, la rotundidad de los temas de Ben Harper aleja de su persona cualquier
atisbo de revivalismo barato.
La brillante ejecución y su sentida interpretación convierten a
este californiano en un auténtico artesano del rock. Después de
dos horas de intensa actuación la banda se retiró, el público pidió
más y entonces, salió Ben armado únicamente con su guitarra
acústica. Interpretó tres temas de folk
intimista, mientras todos
asistíamos perplejos a como este hombre nos desnudaba su alma. Cuando
todo parecía haberse terminado, sale el resto del grupo y nos deleitan
con una hora más de concierto, ¡ Tres horas de concierto! Y la gente
seguía impertérrita, sin moverse de sus sitios más
que para bailar, hasta que Ben Harper puso la guinda al pastel
con dos desgarradores temas de soul
sureño ciertamente escalofriantes. En la información que ofrecía
el festival sobre Ben Harper le tildaban de “el Curtis Mayfield del siglo XXI” una denominación
que me parece excesiva, pero que puedo entender tras haber asistido
a este concierto. Y es que, la espiritualidad, la sinceridad y la
tremenda humildad de Ben Harper (Pudimos comprobarla, cuando
le sorprendimos mientras cenaba, sacándose fotos con unos fans),
le convierten en un modelo a imitar, del que deberían tomar nota
gente como Beck o Lenny Kravitz, por ejemplo. Esto es lo que deparó
un intenso primer día, después unas copas por Madrid y a intentar
descansar, preparándonos para el segundo asalto. Cansados, resacosos
y sin poder quitarnos a Ben Harper de la cabeza, comenzamos
nuestra segunda jornada en Festimad. El cansancio provocó que disfrutase
de forma desigual con los conciertos, pero había que estar al pie
del cañón… Otra vez la carretera hizo que me perdiese un concierto
que tenía ganas de ver, el de Los Coronas, supergrupo madrileño
en el que militan Fernando “Sex Museum” Pardo y
David Krahe, una pena, porque unos conocidos me comentaron
que estuvieron demoledores. A los que si pude ver es a los guipuzcoanos
Delorean, que me gustaron bastante, buen pop, con ritmos
bailables y un sonido deudor del pop siniestro británico
de comienzos de los ochenta. Nos dimos una vuelta por la zona de
las tiendas y observamos que había muchísima más gente que el día
anterior, eso sí el público se encontraba dividido en dos: Por una
parte, adolescentes próximos a la veintena, con estética numetalera,
atraídos con el reclamo de Korn
y por otra, hordas ataviadas con camisetas de Pixies
y Breeders, más cercanos a los treinta. De vuelta al escenario
Heineken , para chequear a los catalanes Tokyo Sex Destruction.
No me gusta hablar mal de nadie, pero los de
Villanueva i La Geltrú deberían aplicarse mucho más, si quieren
estar a la altura de las referencias que manejan ( Animals, Booker
T & The MG´s, James Brown, Sonics, Sly Stone, Etc…) , porque
nos ofrecieron mucha pose y poco más. Sin tiempo que perder nos
acercamos al escenario Sol Música para asistir a la gran sorpresa
del festival: Young Heart Attack. Tremendos, descomunales,
los calificativos se quedan cortos para transmitiros el potencial
de esta banda ejecutando Rock & Roll
directo y sin concesiones. Con las vistas puestas en The
Who, MC5, Stones y sobre todo AC/DC, estos jóvenes con
problemas cardiacos hicieron las delicias de los amantes del rock
de toda la vida. Rudos, contundentes y demoledores, exhibieron unas
tablas inconcebibles en un grupo de nuevo cuño. Estuve flipando
desde la primera fila, pensando que eran europeos, hasta que alguien
me aclaró que eran de Austin, Texas, y entonces lo comprendí todo:
Pese a los esfuerzos de un puñado de bandas escandinavas, en esto
del rock los americanos son la primera división. Young
Heart Attack cuentan con dos enormes bazas en su poder: Un tremendo
guitarrista solista, con ínfulas de Guitar Hero y la turbadora
presencia de la neumática Jennifer Stephens que, agraciada
con una potente voz y los registros propios de una diva del soul,
se llevó la mayoría de las
miradas gracias a sus movimientos de stripper. Una grata
sorpresa y un motivo para ensalzar el “Rock&Roll way of life”.
Aún nockeado por la inmisericorde demostración de fuerza
ofrecida por Young Heart Attack, me acerqué hasta el escenario
Heineken para ver a The (International) Noise Conspiracy.
Los suecos me habían dejado muy buen sabor de boca hace un año
en Bilborock. pero he de reconocer que en Festimad me decepcionaron.
Me parecieron fríos, aburridos y monocordes. Aunque debo matizar
que no todo fue culpa de la banda, ya que probablemente la hora
y el lugar no eran los apropiados para las proclamas revolucionarias
y el garage-punk con pinceladas soul de estos nórdicos
adictos al sonido del fuzz y el Hammond. Tras un rato
de descanso . nos preparamos para ver a Pixies. Lástima porque,
como ya he mencionado, hace diez años, cuando parecía imposible
una reunión, yo habría matado por ver a los de Boston, pero hoy
en día, para mí Pixies forman parte del pasado, eso sí, un
brillante pasado. Con los acordes de “Where is my mind”, y una auténtica
muchedumbre aprisionada, donde milagrosamente no hubo que
lamentar ninguna desgracia, dieron el pistoletazo de salida unos
Pixies más viejos y gordos. Sonaron muy frescos, como si
el tiempo no hubiese pasado, y oyendo temas como “Debaser”, “Wave
of Mutilation” o “Alec eiffel”, uno puede entender porqué estos
tipos pusieron patas arriba el panorama musical independiente, convirtiéndose
en la banda más influyente de los noventa, con permiso de unos Nirvana
a los que también influenciaron. Fue gracias a trabajos sobresalientes
como Come on Pilgrim, Surfer Rosa,
Doolittle o Bossanova que Pixies se convirtieron
en referencia para toda una generación indie. Black Francis conserva su característica voz, David Lovering
hizo unas cuantas cagadas en la batería, pero la imperfección se
hace virtud en una banda como Pixies, Kim Deal con
sus líneas de bajo de tres notas y sus característicos
coros nos dejó claro que sigue siendo la más punk
del grupo. En cuanto a Joey Santiago reprodujo a la perfección
sus alocadas guitarras, siempre al borde del desafine, en solos
que parecen fruto de la casualidad, pero sólo lo parecen. Después
de una rácana hora y cuarto, se retiraron Pixies
y debo añadir que me dejaron más frío de lo que esperaba.
El siguiente grupo al que vimos fueron los neozelandeses The
Datsuns. The Datsuns combinan perfectamente el garage-
rock y el blues-rock con el hard rock clásico,
manejando también referencias más actuales. Su buen rock
con guitarras deudoras de Hendrix y Page nos sorprendió
a todos. The Datsuns son unas de las bandas más sólidas de
la escena rockera actual. En cuanto a Korn , poco
que decir , apenas les presté atención y me parecieron aburridísimos,
aunque una multitud de imberbes les aclamaban como a unos nuevos
mesías, ¡Ver para creer! Después, unos bailes con DJ Zorra
y Big Mojo y se acabó lo que se daba. Debo felicitar a
la organización por recuperar el espíritu original el festival,
optando por una oferta en la que prima el rock en su sentido
más amplio, frente a las últimas ediciones más orientadas al metal.
Aún así tengo algunas reclamaciones a modo de crítica constructiva,
que , creo, mejorarían un festival clásico en el verano peninsular:
1.
Debería haberse tenido en cuenta la aglomeración
de gente en el concierto de Pixies. Fue milagroso que no
ocurriese nada y a muchos se nos venían a la cabeza desgracias como
la ocurrida hace un par de años en un festival danés
2.
Aumentar la oferta para fumadores y bebedores:
Sólo había Lucky, Kalimotxo, cerveza, agua y refrescos. Alcohol
de baja graduación, decían, como si la cerveza no emborrachase...
Eso sí, la prensa, los invitados y los grupos teníamos acceso a
una variada oferta. La organización debería abandonar esta actitud
clasista y paternalista.
3.
¿ A quién beneficia el sistema de vales
de consumición? A nosotros, desde luego, sólo nos sirvió para perder
el doble de tiempo en colas, y para volvernos a casa con unos cuantos
vales. Reivindico la mercancía a cambio de moneda de curso legal.
4.
Si salías del recinto, no podías entrar
después de la una y media de la madrugada ¿Por qué? Si a esa hora
aún había conciertos... Además nadie te avisa. Mi fotógrafo fue
al coche a buscar las chamarras y no le dejaron entrar, tenía mi
documentación y mi móvil, una liada... Al final consiguió colarse,
pero las cosas no deberían funcionar así.
5.
Se echa de menos una oferta musical rockera
nocturna. Es inconcebible que la organización piense que el público
asistente a un festival de rock, a partir de cierta hora
reniegen del rock y se conviertan en fans de la electrónica.
No me gustaría parecer un rockero monolítico, me parece muy
bien que se oferten deejays de electrónica, pero muchos agradeceríamos
un espacio dedicado a otras músicas como el rock, el jazz, el
funk, el reggae, etc... Son
pequeños detalles que mejoraría un festival que, año tras año, se
va consolidando como cita ineludible, para todos los amantes del
buen rock. Iker Atxaga
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