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Un
reloj colgado en la pared de un bar marca la una del mediodía.
Tic Tac. Tic Tac. Un joven vestido de traje lo mira desde hace media
hora. Con la llegada del buen tiempo el joven ha guardado su gabardina
clásica en el armario. Está tomando una caña y
pensando que es lo que más desea en esta vida. “Quiero
ser feliz” se dice constantemente.
Las terrazas de los bares están atestadas de gente que consume
sin descanso para poder superar la ola de calor que se ha instalado
desde hace días, mientras los camareros trabajan a destajo con
el sudor recorriéndoles todos los poros de sus cuerpos.
Tic Tac. El reloj marca la hora. Con un paquete de Reynolds como fiel
compañero, el joven trajeado sigue dándole vueltas a sus
pensamientos. “¿Qué hago?” no para de repetirse.
La ciudad se ha convertido en un horno. El asfalto se pega a los pies
como si de chicle se tratara. Adolescentes ociosos con las mochilas
colgadas en las espaldas llenan el metro con dirección a las
playas más cercanas. Es el tiempo del ocio para muchos de ellos.
En una estación abarrotada de gente un hombre mayor se seca el
sudor de la frente con su pañuelo. “¡Qué calor
hace en esta estación! ¿Por qué no ponen el aire
acondicionado?” se pregunta cabreado. Se acerca el metro. Nadie
sale, todos entran. El aire está puesto a todo volumen. El hombre
mayor lo agradece aunque sabe que no es bueno para su salud. El vagón
está lleno de adolescentes ruidosos. El hombre los estudia. No
le gusta las pintas que llevan. En su opinión las niñas
cada día llevan menos ropa. Los adolescentes no tienen vergüenza.
Hablan a gritos, se cuentan sus cosas como si no hubiera gente en el
vagón. Se sientan de cualquier manera y bravuconean hablando
de ellas o ellos. El hombre les escucha. “Juventud divino tesoro”
Ha llegado a su parada. Se apea con dificultad, después de haber
tenido que llamarle la atención a un chaval con piecing por toda
la cara. Sube las escaleras mecánicas sin moverse. Se dirige
al hospital.
Tic Tac. El joven apura su caña. La paga y sale del bar dirección
calle abajo. Lleva la chaqueta en la mano. El calor le afecta demasiado.
En una frutería se ha formado una cola impresionante. Una señora
se queja del precio de las cerezas. “¿Qué quiere
que le haga señora? El precio lo pone la jefa, no yo” contesta
la dependienta. La señora sigue con sus protestas pero la gente
no aguanta más y comienzan a recriminarle su actitud. La vieja
señora masculla algo entre dientes, paga y se marcha. Lleva puesto
zapatillas de estar en casa.
Tic Tac. El joven se detiene, mira su reloj y se sienta en un banco
a la sombra. Saca un libro titulado “Intruso en el Polvo”
del maletín y comienza a leerlo. Después de dos frases
se da cuenta de que no es capaz de concentrarse. “¿Qué
hago?” se pregunta una y otra vez.
La señora en zapatillas llega a su casa. Está medio vacía,
casi no hay muebles en el salón, salvo una butaca, una mesa redonda
y una pequeña televisión encima.
En las paredes sólo hay una fotografía muy grande enmarcada
en un marco de oro, de un chaval de unos veinte años. Hace seis
meses se quemó su casa. Perdió todo lo que había
dentro. Perdió también a su hijo que ardió con
todo lo que tenía.
Tic Tac. El reloj mueve sus manecillas pero eso a la señora le
importa una puta mierda.
Por un momento salimos de la ciudad.
Unos adolescentes han llegado a la playa. Extienden sus toallas y corren
a darse un buen chapuzón. Juegan con las olas y entre ellos.
Se hacen aguadillas, bucean, algún atrevido le toca el culo a
una amiga y ella se ríe y le insulta a la vez.
Tic Tac. Las manecillas pasan pero les importa una puta mierda. Son
dos maneras de verlo, ¿verdad?
Tic Tac. Corren las manecillas sin descanso. A la ciudad el calor no
le afecta. Su misión es observar y crecer constantemente. De
las estaciones de metro la gente entra y sale constantemente. Unos suben
las escaleras mecánicas andando, otros se dejan subir. No hay
mucha diferencia entre lo uno y lo otro, quizás sea la prisa
o quizás sea que unos tienen más confianza que otros.
Un chaval se deja llevar por las escaleras. Está todo sudado
porque ha jugado un partido de fútbol con los amigos. Mientras
baja se siente observado por los que suben y se siente avergonzado.
Lo que no sabe es que los que suben ni le ven realmente.
Tic Tac. En las oficinas los aparatos de aire acondicionado se van apagando
lentamente, como si estuvieran agonizando. Las luces pierden su intensidad
y el eco va tomando posiciones en las grandes estancias que están
siendo abandonadas.
El atardecer.
Los bares de tapas están a rebosar. Los refrescos, las cañas
(algunos locos las mezclan con gas o limón), los tragos largos,
acompañados de todo tipo de pinchos, llenan barras y mesas. Los
camareros trabajan sin descanso mientras sus pobres pies sufren en silencio.
Es el tiempo de la noche. Cuando la noche se acerca la gente cambia.
Se quitan sus disfraces y caretas y van a pecho descubierto para demostrar
realmente quienes son.
Tic Tac. Las manecillas se mueven. Y al tiempo le importa una puta mierda
quien seas realmente.
La gente habla y habla con una bebida en la mano y un cigarrillo en
la otra. Hablan del pasado, a veces del futuro pero pocas del presente.
Hablan sin descanso y el tic tac ni siquiera lo oyen.
El joven ha llegado a su humilde casa muy tarde. Se prepara una copa.
Abre la ventana y mira al cielo. Está lleno de estrellas, lo
cual le gusta mucho. No tiene ideas y su cabeza está agotada.
No sabe que es lo que hay que hacer para ser feliz completamente.
De lo que no se ha dado cuenta es que ha dado ya un primer paso: se
ha quitado el reloj.
El
Mariachi
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