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#24
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MONOGRÁFICOS

HEINEKEN 39º JAZZALDIA

CONCIERTO NUEVO MILENIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lilith

 

 

The Darkness

 

Iggy Pop & The Stooges

 

 

Massive Attack

 

Chemical Brothers

 

Starsailor

 

Muse

 

Lou Reed

 

 

The Cure

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HEINEKEN 39º JAZZALDIA

FESTIVAL DE JAZZ DE DONOSTI

San Sebastián 23-28 julio 2004

 

Este año el festival de festivales ha centrado su atención en el contrabajo, con 7 grupos dirigidos por contrabajistas, lo cual se agradece mucho, ya que no siempre se le da a este instrumento la verdadera importancia que tiene como base rítmica e instrumento solista.

Hemos asistido, por otra parte, al festival más abierto en lo que a estilos y géneros musicales se refiere. Excesivamente abierto, podríamos decir. Se corre el riesgo de que el Jazzaldi se convierta en un encuentro multi-étnico y pierda progresivamente su esencia jazzística, ya que esta tendencia viene cuajando cada vez más en las últimas ediciones. Y nadie pretende que sea un festival purista u ortodoxo, es simplemente que el jazz es un género suficientemente amplio de por sí como para tener que echar mano de otras músicas. Y si no, echad un vistazo, por ejemplo, al programa del último North Sea Jazz Festival, de La Haya, perfecta demostración de cómo hacer un cartel variado y rico en estilos jazzísticos. Y además con más actuaciones que ningún otro festival. En fin, que es cuestión de la voluntad de los organizadores, no de la falta de músicos o agrupaciones.

 

VIERNES 23. JAZZ BAND BALL.

 

Como todos los años, el festival comenzó con la Jazz Band Ball en las terrazas del Kursaal y la playa de la Zurriola. En esta jornada gratuita destacó especialmente el quinteto escandinavo Atomic, que dejó a todos boquiabiertos con su dominio de la técnica, su capacidad improvisatoria y su forma de conectar con el público, lo cual no es nada habitual en las formaciones nórdicas. Mención especial merecen el trompetista Magnus Broo y el contrabajista Ingebrigt Flaten.

Quien no convenció demasiado fue la Roy Ayers Ubiquity, estuvieron en su linea habitual de mezcla entre estilos como el soul, el funk o el acid-jazz, pero con un tono demasiado lúdico-festivo que restó importancia en todo momento a la calidad musical, que, por cierto, nos llegó más de la mano del saxofonista y teclista Raeford Gaskins, que del propio Roy Ayers.

Por su parte, el nigeriano Femi Kuti, hijo del mítico Fela Anikulapo Kuti, nos ofreció una buena sesión de afro-beat en concierto, animando la sesión de apertura con tres llamativas coristas/bailarinas, que hicieron moverse de lo lindo al personal. Pero, aunque las comparaciones sean odiosas, Femi no es ni la sombra de lo que era su padre. No ha heredado la magia y la espiritualidad africana con las que Fela impregnaba su música.  

Además, pudimos disfrutar del jazz latino del Danilo Pérez Trio, que revisó brillantemente algunos standards clásicos; de la vocalista noruega de llamativa melena rubia, Rebekka Bakken, y de los atractivos sonidos africanos del Kora Jazz Trio.

 

SÁBADO 24.

 

«Sed libres, vuestra vida es muy hermosa, la música os rodea y estos sonidos son para vosotros, para cada uno de vosotros, gente maravillosa».

Las tardes del Kursaal, sin duda alguna el mejor marco y escenario para disfrutar de las esencias del jazz, se abrieron con un concierto muy esperado por algunos: Art Ensemble of Chicago, la mítica banda de free-jazz que liderara durante años el ya desaparecido Lester Bowie, quien pasó por el Jazzaldi hace ya algun tiempo, con el también malogrado y genial contrabajista Malachi Favors.

Se presentaron con un tema introductorio de más de 20 minutos de duración y ajeno a cualquier ritmo o melodía, free-jazz en estado puro. Un inicio tan extravagante como sus propios ejecutores. Sus atuendos no eran tan llamativos como solían serlo, pero mantienen su peculiar estética y todavía usan todo tipo de instrumentos “minimal”, como vientos y percusiones minúsculas o el continuado soplido a dos trompetas en la boca del gran Corey Wilkes, actual líder de la banda.

Algunos de los asistentes no entendieron la propuesta de los de Chicago y, desde casi el principio del concierto, fue saliendo gente muy poco a poco, pero de manera casi constante. Como mucho, al final, quedaba dos tercios de la gente que había entrado. Y tirando por lo alto.

Con un solo de batería dieron paso a la segunda pieza de la velada, una composición mucho más melódica y apta para oídos no habituados a estos estilos musicales, que vino acompañada de toques humorísticos como máscaras y bailecitos graciosos de Corey Wilkes, o los revolcones por el suelo del saxo Roscoe Mitchell.

Los dos siguientes temas volvieron a su esencia “free” más radical, tanto en los momentos más intimistas, como en los de mayor velocidad y potencia. Destacaron especialmente el percusionista y batería Famoudou Don Moye a los yembés y darbukas y el contrabajista Jaribu Sahid sacando sonidos imposibles a su instrumento, acompañado de un arco y un extraño palo, que golpeaba contra las cuerdas.

A partir de este momento el chorreo de gente hacia las salidas de la sala se hacía cada vez más intenso, y aunque entonces recurrieron a su impecable sección rítmica para desarrollar un tema de gran compenetración grupal, y aprovecharon para presentar a los músicos, cierto sector del público, aburrido y desorientado ante algo tan incomprensible y ajeno a ellos, había decidido que ya nada les retendría en el auditorio, seguramente ni Lester Bowie resucitado.

Tras una tímida pero numerosa petición de bises salieron decididos, de nuevo, rompiendo el silencio con potentísimos sonidos. Inmerso en la intensa locura colectiva, el vocalista y saxofonista Joseph Jarman, levantó los brazos cantando como haría un auténtico gurú africano y se dirigió al público: «Sed libres, vuestra vida es muy hermosa, la música os rodea y estos sonidos son para vosotros, para cada uno de vosotros, gente maravillosa».

 

En la Plaza de la Trinidad se presentaban dos formaciones diametralmente opuestas: el trío del guitarrista estadounidense John Scofield y el quinteto del trompetista noruego Nils Petter Molvaer. 

La primera de las dos sesiones de la noche, a cargo del John Scofield Trio, fue una correcta y virtuosa, aunque poco emocionante lección de, predominantemente, jazz-rock contemporáneo, blues y sonidos “post-boperos”; que dejó algo frío al público asistente. Presentaron su último trabajo en vivo “Live at the Blue Note” mostrando una gran solidez en trío, muy acompasados. El conocido guitarrista se acompaña de dos músicos excepcionales: Steve Swallow al bajo y Bill Stewart a la batería, ambos ya curtidos durante años como acompañantes de innumerables figuras, y como solistas y compositores.

Atacaron elegantemente algunos standards como la balada “Alphie”, compuesta por D. Warwick en 1966, y cuya audición fue gravemente entorpecida por el murmullo, no de los asistentes, sino del tropel de gente que pululaba por los bares de los alrededores: “una de gambas y una de croquetas” parecía convertirse en el título de la pieza que se intuía de fondo. El eterno problema de los eventos populares.

 

Nils Petter Molvaer cerró, con los sonidos oscuros de su trompeta, la velada de “la Trini”. Su característico electrojazz nórdico con bases techno, a cargo del DJ Strangefruit y de Jan Bang haciendo samplers en vivo, no pareció entusiasmar al público, sobre todo a los que estaban más allá de la quinta o sexta fila. El trompetista y líder de la banda logra sustraer sonidos difíciles y brillantes a su instrumento, pero los numerosos momentos intimistas que creaba la sección jazzística del combinado se hacían casi imperceptibles y hubo quienes abandonaron el recinto en grupo.

Sin embargo, en algunos pasajes del concierto, demostraron que son capaces de hacer un jazz rotundo y potente. Incluso hicieron bailar a unos cuantos jazz-technófilos.

 

En la playa de La Zurriola triunfó merecidamente el binomio brasileiro de la noche: Zuco 103 y Marcos Valle. El escenario es el más adecuado para esta música y, aunque Zuco estuvieron mejor en su actuación del segundo día, Marcos Valle supo aunar la bossa nova y la samba de forma efectiva. 

 

DOMINGO 25.

 

El cuarteto del saxofonista noruego Jan Garbarek abrió el domingo la jornada festivalera en el auditorio del Kursaal. Fue una desafortunada actuación, que provocó varias espantadas del público, en la que trajo a escena su particular visión de la libertad sonora y de composición que las amplias fronteras del jazz ofrecen.

Acompañado por Eberhard Weber al bajo y contrabajo, Marilyn Mazur a las percusiones y Rainer Brüninghaus al piano, desgranó, al saxo soprano, una serie de temas de inspiración gaélica y otra de corte más moderna, siempre deteniéndose hasta el aburrimiento en ciertas notas de las que sacaba todas sus agudas y estridentes posibilidades sonoras.

El público en general, muy dado a aplaudir siempre en Donosti, estaba confundido. Hasta el punto de que no apludía al final de algunas piezas y sí lo hacía a mitad de otras, pensando que el tema había finalizado. Pura confusión que muchos aguantaron poco tiempo. La sala terminó medio vacía.

 

 

En La Trini soplaban otros vientos. Sonidos cubanos, jazzeros y caribeños a cargo del Javier Colina Combo, que enlazaron con el espectáculo afro-brasileño de  Carlinhos Brown.

Colina es un contrabajista portentoso, domina la técnica del jazz impecablemente y sabe conjugar sus esquemas con los sonidos flamencos y cubanos como pocos.

En esta ocasión nos ofreció, de la mano del maestro tresero cubano, Pancho Amat, una bella velada de son cubano y de standards americanos, también a ritmo de son. Se mostró feliz y entregado desde el principio, recitó emocionado algunas letras antes de que el cantante David Montes las entonara y conectó con el público, que bailó alguna de las piezas.

 

Por su parte, el cantante de Salvador de Bahía, Carlinhos Brown, se metió al público en el bolsillo desde el momento en que pisó el escenario. Las gentes bailaron, levantaron los brazos y corearon siempre que el brasileño se lo propuso, con toda esa seguridad y liderazgo que le caracterizan en el escenario. Se retiraron las sillas de la plaza para el evento, que se preveía agitadito, y Carlinhos se dio un baño de masas al son de ritmos afro-caribeños y arreglos de pop latino, que supo transmitir con fuerza.

“Vámonos a la playa, Carlinhos”, se oía por ahí. Sin duda, habría sido un marco más adecuado para un espectáculo tan participativo y bailongo.

 

Por otra parte, este año se ha inaugurado un nuevo escenario para las madrugadas del Jazzaldi, el Heineken Jazz Club, que promete grandes veladas, a tenor de la programación. Esperamos que haya nacido otro baluarte del jazz en este agradable recinto, más nos vale a los aficionados.

La noche del domingo disfrutamos de un precioso concierto del contrabajista David Mengual, que presentó su proyecto "Deriva" en formación de diez, entre ellos la cantante Carme Canela y el saxofonista tenor Gorka Benítez.

 

LUNES 26.

 

El público más adulto pudo degustar en el Kursaal un recital a cuatro voces del conocido grupo The Manhattan Transfer, que ya ha pasado por el festival en otras ocasiones. Muy conjuntaditos, ellas de blanco y ellos de negro, Janis Siegel, Cheryl Bentyne, Tim Hauser y Alan Paul dieron un extenso repaso a los diferentes estilos de la tradición vocal norteamericana desde los años treinta a los sesenta, cantando jazz, rhythm & blues, rock and roll y soul, entrando también en la bossa nova y lo latino, con el primer bis en español, “Cuéntame que te pasó”.

Un gran momento fue cuando versionearon el “You can depend on me”, de Lester Young, con una impecable base rítmica y la guitarra de Wayne Johnson punteando por encima de las conversaciones entre los cantantes.

El pianista y director musical, Yaron Gershovsky, fue la columna vertebral del conjunto en todo momento, y el que situaba y enmarcaba, inconfundiblemente, cada tema en su estilo musical y su época. Sacaba siempre el sonido adecuado.

Interpretaron libremente “Tutu”, de Miles Davis, a quien homenajearán en su próximo disco, e hicieron un tema en solitario cada uno, ellas mejor que ellos. Y, aunque hubo algún que otro altibajo, el público se mostró entusiasmado en muchos momentos, creando un ambiente emotivo que hizo del escenario un lugar acogedor para los protagonistas. Volverán.

 

Los conciertos programados para el lunes en La Trini fueron los más esperados por el público más aficionado al jazz, por lo que se podía ver y escuchar allí, y por lo que no se había podido ni se iba a poder escuchar el resto de los días en el mismo escenario. Fue la velada más orientada al jazz de las cinco que se desarrollaron. Y de purista no tuvo nada en absoluto. Así está el patio. Digamos que el único concierto que se puede considerar estrictamente jazzero de los 9 de este escenario principal, es el primero de esta noche, el del Miroslav Vitous Quartet.

El contrabajista checo, que fuera fundador de la banda de jazz-rock Weather Reaport, se orienta hoy hacia sonidos más puristas y se está acercando a los patrones de la música clásica, para dotar de perfección y belleza sus composiciones. No en vano, utilizó samplers de clásicos en algunos temas y mandó como solista imponente durante todo el concierto, dando el sitio preciso al trío que lo acompañaba: Adam Nussbaum, espléndido a la batería; el gran pianista Julian Joseph y Bob Malach al saxo.

Vitous es uno de los mejores con su instrumento, sus notas suenan con una potencia y una nitidez fuera de lo normal, lo mismo en los solos, que en los vertiginosos desarrollos que ejecuta. Por no hablar de cuando utiliza el contrabajo como instrumento de percusión, golpeando sobre las cuerdas, o sobre la madera. Una gran sesión de jazz contemporáneo con su ingrediente experimental: un emocionante e inenarrable solo de contrabajo antes de los bises, al final del concierto.

 

El feliz relevo lo tomaron John McLaughlin & Shakti con una magistral sesión de música indú y jazz, perfectamente entrelazados en los ritmos y la improvisación. Un concierto de elevado rango espiritual y musical, de gran caladura humana.

El guitarrista inglés se sentó descalzo y a lo indio sobre una alfombra, acompañado de Zakir Hussain, colíder del grupo y virtuoso de la tabla india, a quien presentó como “uno de los mejores músicos de nuestros tiempos”, a su derecha, y, a su izquierda, el cantante Shankar Mahadevan, capaz de alcanzar una profundidad y jondura en el canto, comparable a la de un seguiriyero flamenco; el guitarrista U. Shrinivas, a la mandolina, que nada tiene que envidiar a McLaughlin en su virtuosismo con las cuerdas; y el percusionista que llega a sucesiones rítmicas y solos impensables para un batería, V. Selvaganesh, al ghatam, kanjira y mridangam.

Todos ellos son grandes maestros en lo suyo y consiguen unos niveles de entendimiento musical y transmisión emocional altísimos. Y lo llevan haciendo treinta años en conjunción con el jazz de la guitarra de McLaughlin, con gloriosos resultados en directo.

 

MARTES 27.

 

En la  Plaza de la Trinidad presentaba su último disco, “About Time”, el veterano ex Spencer Davis Group, Traffic y Blind Faith,  Steve Winwood, quien no gustó demasiado a los que pretendían hacer memoria de su trayectoria, ya que ahora va por nuevos rumbos, mas cerca que nunca  del soul-pop y de la denominada “world music”, aunque, eso sí, dando el protagonismo al órgano Hammond B-3, como antaño.

Entonó también algunos temas de folk y blues acompañado en todo momento de su cuarteto, y señaló que «la música debe estar viva como una lengua que evoluciona, pero debemos aprender a apreciar y respetar todas las viejas formas artísticas y tradicionales».
 
La plaza se animó muchísimo con la presencia en la segunda parte de la noche de las seis Daughters of Soul y su amplio grupo de apoyo: tres coristas y un cuarteto instrumental.

Este conjunto vocal cuenta entre sus componentes a Lisa Simone, que es hija de Nina Simone y Lalah Hathaway, hija de Donny Hathaway.

El público se mostró entregado en todo momento, aunque las revisiones de las grandes damas del soul y del blues como Nina Simone y Chaka Khan, distaron mucho de aproximarse siquiera a la magia que aquellas desprendían.
 

 

 

MIÉRCOLES 28.

 

A la última cita en el Kursaal acudió una de las pocas damas del jazz que van quedando, Shirley Horn, quien recibió el premio Donostia sobre su silla de ruedas y, después de que el trío que la acompaña se presentase con “Autumn Leaves”, inició su recital, alternando baladas con standards moviditos, demostrando unas facultades fuera de lo común para su avanzada edad.

Es capaz de llegar a notas muy altas para luego bajar gradualmente hasta el susurro, entonar  “Fever” con todo el sentimiento y versionear magistralmente “Yesterday”, de los Beatles.

El trío con el que ha grabado su último disco, de 2003, “May the Music Never End”, formado por George Mesterhazy (piano), Ed Howard (contrabajo) y  Steve Williams (batería), la acompañó con exquisita corrección, si bien se echó de menos algún que otro solo y más solidez en el acompañamiento pianístico, que abuso de los silencios. Colosales fueron las interpretaciones de “Our Love Is Here to Stay” y de “Time for Love”.

Que dure muchos años ese sentimiento profundo del amor en el jazz, tan impolutamente representado por sus grandes Damas.

 

Y el cierre definitivo del Jazzaldia 2004 se hizo de la forma más animada en la Plaza de la Trinidad, nada de despedidas nostálgicas.

Primero una sesión de mambo y son cubano a cargo de Cachao y su Orquesta, en la que, el “padrino del contrabajo” e inventor del mambo, mostró su gran forma física y musical, a pesar de sus 86 años; así como su dominio del ritmo y de la dirección musical, y su capacidad de conectar con el público.

Y después era el turno de la Spanish Harlem Orchestra & Rubén Blades, una enérgica descarga de salsa en estado puro, que hizo bailar al público hasta la saciedad, aguantando incluso el gran chaparrón que cayó sobre la plaza y que desmereció un poco el concierto final. Pero todo un combo de trece músicos de este calibre, que han acompañado durante muchos años al gran Tito Puente, dirigidos por el pianista Óscar Hernández y acompañados por el popular cantante y compositor de “Pedro Navaja”, Rubén Blades, fue más fuerte que la lluvia e hizo permanecer allí a la mayor parte de los asistentes.

 

Y así ha llegado a su fin la trigésimo novena edición del Jazzaldi. Esperemos que cumpla los cuarenta con dignidad y que sepa ir envejeciendo bien, a ver si le va a pasar como a tantos señores y señoras, que a medida que ven asomar las orejas del lobo, las de la vejez, comienzan a usar ropas coloridas, e incluso horteras, y a utilizar el vocabulario coloquial de los jóvenes para sentirse lozanos y atractivos.

Ni que decir tiene que los resultados son siempre ridículos cuando uno pretende desprenderse de su esencia, así que, señores organizadores, tomen nota y programen jazz, que es lo que venimos a ver. Teniendo la suerte de disponer de tantos escenarios, reserven La Trini y el Kursaal para el jazz, digo yo, que para eso está La Zurriola, para acoger los conciertos paralelos. Es que de lo contrario vamos a convertir el Jazzaldi en un directo competidor del festival La Mar de Músicas, de Cartagena.

 

 

                                                                                     

JOSÉ LUIS PALAZÓN.

 


CONCIERTO NUEVO MILENIO

CONCIERTOS NUEVO MILENIO. 15-16-17 JULIO. SANTIAGO DE COMPOSTELA.

Encaje de bolillos y muchos kilómetros para ir a los conciertos de Monte de Gozo. Jueves, Viernes y Sábado. Mediados de Julio. Año Xacobeo. Contingente policial alto. Medidas de seguridad y bien de pinganillos.
Se mezclan peregrinos, camping-juergadictos con derecho a concierto, Dylanianos, pastilleros camuflados bajo camisetas del grupo del día, ochenteros, mazas con ganas de lucir, mucha nena mona, carabinas y seguidoras talluditas de operación triunfo, rockanrolleros, benditos freakies, porteadores de cerveza al estilo playero de “al rico barqui, al rico parisien...”; en definitiva Dios nos crea y allí nos juntamos en un auditorio romano al aire libre al que le han crecido las hierbas y dicen tiene capacidad para unas 30.000 personas.


El Cartel era el siguiente:
Día 15: 1.-Lilith. 2.-The Darkness. 3.-Iggy Pop & The Stooges. 4.-Massive Attack. 5.-The Chemical Brothers.
Día 16: 1.-Starsailor. 2.-Muse. 3.-Lou Reed. 4.-The Cure.
Día 17: 1.-Gary Jules. 2.-Bob Dylan. 3.-The Corrs. 4.-Echo & The Bunnymen.

Dejémonos de niñas-os supuestamente rockeras-os, monas-os con bandas de pose y estéticas elaboradas a los que preparan promociones ad hoc, metiéndoles con calzador de oro en carteles que les quedan grandes.
Dejémonos de aburridas voces de gorgorito, seudo lírico-góticas con ribetes operísticos en las que invierten, desde el primer día, banda y material de primera con ánimo de lanzamiento binguero. Dejémonos de tonterías.

Jueves 15.
Abarrotado, es casi imposible llegar al centro del cotarro. La gente está con ganas de Stooges. Conscientes de la que se va armar, se preparan para el gran pifostio. Iggy y sus esbirros salen, la montan bien montada, rock & roll crudo, directo, un taladro derechito al cerebro, no se complican, van a lo que van: “I wanna be your dog”-“Little doll”, “No fun”, “Not right”, “1969”.
Bateria, guitarras, bajo atronadores. Iggy bota como el público, a lo bestia, sin concesiones. Tras hacer tambalear una pila de bafles, toma aire, llama a sus adeptos para que suban al escenario. En un trabado castellano dice que ya sabe dónde está, nosotros también. Hay codazos, botes, avalanchas, empujones a ritmo de esas diabólicas cuerdas en forma de bigote y perilla. Los de arriba hacen temblar el tablado y cantan alrededor de la Iguana que comparte micro y reluce, con cierta cojera, su cuerpo. Sudor, algo de sangre, amasijo de músculos, tendones y venas que bombean y marcan el frenético movimiento de la batidora que se forma abajo.
Ver y oírlo, lo había visto y oído en el Azkena de Gasteiz. Vivirlo, lo viví en Monte de Gozo.
Massive Attack nos sirvió para bajar las pulsaciones, vaciar, llenar, reponer fuerzas, charlar. Música ambiente, chill-out con agradables toques souleros. Nos acomodamos sin problemas, bien centrados, en el cogollito. Ahora vienen los Chemical Brothers. Grata sorpresa, para mí al menos. Me explico. No estoy muy metido en la cosa ésta de la electrónica, pero los hermanos farmacéuticos algo bueno hacen con esa maraña de ordenadores, cables, pantallas, mezcladores y demás parafernalia. Me lo hicieron pasar como un enano.
Surtido de música envolvente a base de música de baile, chill-out, acid-jazz a muchas revoluciones y volumen, que combinaban con impactantes imágenes proyectadas al unísono en una pantalla gigante central y en dos laterales de menor tamaño. Los más recalcitrantes, entre los que me reconocía, siguen en sus trece y comentan que es chumba-chumba y siempre lo mismo. La gente que controle de electrónica dirá otra cosa. No sé, igual es el disfrute del que no conoce, del que todo le parece nuevo, pero con aquella mezcla de enorme plasticidad y sonoridad, te sueltas, te dejas llevar, y te lo pasas en grande saltando, bailando de lo lindo entre miles de cabezas que hacen lo mismo, y todo con buen rollito. Lo dicho, muy divertido y recomendable.
The Stooges y los Chemical Brothers lo mejor del día.

Viernes 16.
Después de los bien intencionados “Starsailor”, quizás suenen mejor en sala, y los teatrales y aburridos “Muse”, llega Lou Reed. No sabemos con qué nos va a salir. En el Euskalduna, con coreografía sao-lí y todo me encantó, a pesar de que los temas que conocía sonaban diferentes. Pero es que el Reed es así. No hay dos veces igual. La peña esperaba lo típico. El plátano de la Velvet con Nico y sus clásicos. Se oían gritos pidiendo “Heroin” y “Sweet Jane”. Y él, fiel a su repertorio, no hace concesiones y responde con “Extasy” y “New Sensations”. Se mezclan aplausos con pitidos y abucheos. Buenos y contundentes momentos dan paso a otros flojos. No suena muy bien.
Antes del ya típico saludo en grupo oriental, bis de despedida. La deseada “Sweet Jane”. Cañera, entrecortada e irreconocible. La people se da cuenta que era la mítica cuando ya están cambiando el escenario.
Creo que, por deseo propio, Lou Reed es ahora de aforo más reducido donde, curiosamente, esa frialdad que se le achaca, es atractiva y te acerca. Me gustó más en Bilbao.
Sobre la hora prevista se apagan las luces. Suena “Plainsong”. Por el lado izquierdo, debajo de una de las pantallas, se adivina una cara blanca maquillada que, inmóvil y sonriente, hace repaso a los allí presentes. Es Robert Smith.
Ropas negras, peinados y camisetas a porrillo del grupo, anunciaban durante el día una nutrida partida de incondicionales que no dejan de clamar su nombre durante todo el concierto. La cosa se pone cañera con un bajo machacón, es “Fascination Street”, y sigue con la especial garganta del Pelos dando el punto necesario a la deliciosa “Pictures of You”. La arácnida “Lullaby” cierra el aperitivo “Disintegration” que ha puesto a los comensales los dientes largos. Plato fuerte: Desfile de auténticos clásicos, los amplis Oranges a puro pulmón. “Close to me”, “Lovecats”, “Primary”, “Friday I´m in love”… . Postre: el innolvidable y coreado “Boys don´t cry”, bajo de revoluciones y menos intenso que en su mítico disco. La gente se lo pasa pipa. Grita, canta, baila. Smith, afectado por la respuesta, saca fotos del respetable a la vez que se lleva una mano al pecho. “Faith” pone un sosegado final a dos horas y diez que han tenido de todo, y todo bueno. Lo mejor del día The Cure.

Sábado 17.
Guapa. Con camiseta blanca de interior y vaqueros, sale en acústico Amaral. Problemas con Gary Jules, se retrasa y la organización echa mano de la telonera de Bob Dylan en su gira española que estaba de vacatas y pasaba por allí precisamente para ver al Sr. Zimmerman. Chavalitas y sus avitualladoras madres que ya guardaban sitio para The Coors se llevan la sorpresa del día. Encantadas, corean las canciones que han oído una y otra vez por la televisión y por la radio, y que pusieron a sus hijas en las zapatillas bajo el árbol de Navidad. Ella, lista, para hacer un guiño al “otro público” anuncia una versión del grupo granadino “Lagartija Nick”. Labia, buena voz, campea con destreza el temporal.
También en acústico y acompañado, sale Gary Jules. Tiene poco tiempo. En breve aparecerá el de Minessota. Con gorra, tatuado, se arranca en plan Steve Earle pero con voz más nítida y clara. Algo cuenta de que un yonqui le ha robado el equipo, y que lo que era una canción al piano, no le queda más remedio que estrenarla a dos acústicas y dos voces. Que pena, tenía buena pinta. Se acabó lo que se daba.
Lo dicho, el turno es de Dylan. Mucho segurata en el foso que separa el escenario del gran público. Por expreso deseo, no se permiten cámaras de fotos ni de video. Las pantallas que sobredimensionaban a los grupos se apagan. Por lo que, los que no han corrido para copar las primeras filas tienen al oído como la única posibilidad de conectar con el bueno de Roberto y su troup. Enfundado con sombrero de cowboy y gafas negras de sol, seguido de dos guitarras, bajo y batería, se pone a los teclados, desde donde dirige al tren que se ha puesto en marcha. Rock & roll y blues con un sonido exquisito. Presenta a la impresionante banda. Una de las guitarras, Campbell creo entender, te pone los pelos de punta con el slide y las seis cuerdas. El bajo, que lleva con Dylan la tarara de años, engrasa todo de primera. De vez en cuando, una paradita para beber un sorbito de un elixir verde que tiene en una mesita al efecto, hablar y reír con sus chicos, carrerita a las teclas, y dale caña. En una de esas, se nos descoyunta. Es una pieza de museo de cera que ha cobrado vida. Las únicas canciones que reconozco son “Highway 61”, cojonuda, guitarra cañera y ritmo frenético; “Boots of Spanish Leather” y un “Mr. Tambourine Man” totalmente distinto al clásico. Saludito al público, sin aspaviento alguno. Pis pas. Hora y diez de otro Bob Dylan, inconfundible e irreconocible al mismo tiempo. La próxima, a saber.
The Coors. Muy buenas las tías, sobre todo la que canta y toca el flautín con miradas coquetonas e insinuantes.
El broche. El toque final. Echo & The Bunnymen. Ian McCulloch, personaje donde los haya. Vacilón con gracia, otras sin pizca y todo chulo, es la atracción del grupo, que, sin el fallecido batería original, ha vuelto de la nada. Will Sergeant, bueno en lo suyo de la guitarra, pero que pasa del público bastante. No levanta la mirada ni su flequillo de las cuerdas ni un segundo. El zurdo efectivo bajista, Les Pattinson, le da más salsilla. Repaso espectacular de toda su carrera. Empiezan con la juguetona “Lips like sugar” de The Game, vuelen a sus orígenes con el “Rescue” del Crocodiles, pasando por “Show of strength”, “Over the wall” y “All my colours” del Heaven Up Here, así como “The cutter”, “Back of Love” y “My white devil” del Porcupine, o las pegadizas “The Killing Moon” y “Seven Seas” del Ocean Rain. En medio, una versión curiosa y magnífica del “Walk on the wild side” y un pequeño susurro en forma de “Romeo and Juliet” del precedente Lou Reed. La voz del McCulloch, mantiene ese toque tan especial, pero no llega donde antes. Me gustan mucho. Junto con Dylan, lo mejor del día con diferencia. Esto se acaba.

Estos conciertos son lo que son, a medio camino entre los festivales consagrados con personalidad propia y el macroconcierto del típico grupo que arrastra legión. Para la próxima vez, esperemos sistema de pulseras para entrar y salir, las bebidas más baratas y mayor coherencia en el cartel. En su haber el precio, el horario y el respeto de turnos.

 


Luppo Claqué


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amaral

 

 

 

 

 

 

Gary Jules

 

 

 

 

 

 

The Corrs

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Echo & The Bunnymen

 

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