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HEINEKEN
39º JAZZALDIA
CONCIERTO NUEVO MILENIO
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HEINEKEN
39º JAZZALDIA
FESTIVAL
DE JAZZ DE DONOSTI
San
Sebastián 23-28 julio 2004
Este año el festival de festivales ha centrado su atención
en el contrabajo, con 7 grupos dirigidos por contrabajistas, lo
cual se agradece mucho, ya que no siempre se le da a este instrumento
la verdadera importancia que tiene como base rítmica e instrumento
solista. Hemos asistido, por otra parte, al festival más abierto en
lo que a estilos y géneros musicales se refiere. Excesivamente
abierto, podríamos decir. Se corre el riesgo de que el Jazzaldi
se convierta en un encuentro multi-étnico y pierda progresivamente
su esencia jazzística, ya que esta tendencia viene cuajando cada
vez más en las últimas ediciones. Y nadie pretende que sea un
festival purista u ortodoxo, es simplemente que el jazz es un
género suficientemente amplio de por sí como para tener que echar
mano de otras músicas. Y si no, echad un vistazo, por ejemplo,
al programa del último North Sea Jazz Festival, de La Haya, perfecta
demostración de cómo hacer un cartel variado y rico en estilos
jazzísticos. Y además con más actuaciones que ningún otro festival.
En fin, que es cuestión de la voluntad de los organizadores, no
de la falta de músicos o agrupaciones. VIERNES 23. JAZZ BAND BALL. Como todos los años, el festival comenzó con la Jazz Band
Ball en las terrazas del Kursaal y la playa de la Zurriola. En
esta jornada gratuita destacó especialmente el quinteto escandinavo
Atomic, que dejó a todos boquiabiertos con su dominio
de la técnica, su capacidad improvisatoria y su forma de conectar
con el público, lo cual no es nada habitual en las formaciones
nórdicas. Mención especial merecen el trompetista Magnus
Broo y el contrabajista Ingebrigt Flaten. Quien no convenció demasiado fue la Roy Ayers Ubiquity,
estuvieron en su linea habitual de mezcla entre estilos como el
soul, el funk o el acid-jazz, pero con un tono demasiado lúdico-festivo
que restó importancia en todo momento a la calidad musical, que,
por cierto, nos llegó más de la mano del saxofonista y teclista
Raeford Gaskins, que del propio Roy Ayers. Por su parte, el nigeriano Femi Kuti, hijo
del mítico Fela Anikulapo Kuti, nos ofreció una buena sesión de
afro-beat en concierto, animando la sesión de apertura con tres
llamativas coristas/bailarinas, que hicieron moverse de lo lindo
al personal. Pero, aunque las comparaciones sean odiosas, Femi
no es ni la sombra de lo que era su padre. No ha heredado la magia
y la espiritualidad africana con las que Fela impregnaba su música.
Además, pudimos disfrutar del jazz latino del Danilo
Pérez Trio, que revisó brillantemente algunos standards
clásicos; de la vocalista noruega de llamativa melena rubia, Rebekka
Bakken, y de los atractivos sonidos africanos del Kora
Jazz Trio. SÁBADO 24. «Sed libres, vuestra vida es muy hermosa, la música os rodea
y estos sonidos son para vosotros, para cada uno de vosotros,
gente maravillosa». Las tardes del Kursaal, sin duda alguna el mejor marco
y escenario para disfrutar de las esencias del jazz, se abrieron
con un concierto muy esperado por algunos: Art Ensemble
of Chicago, la mítica banda de free-jazz que liderara
durante años el ya desaparecido Lester Bowie, quien pasó
por el Jazzaldi hace ya algun tiempo, con el también malogrado
y genial contrabajista Malachi Favors. Se
presentaron con un tema introductorio de más de 20 minutos de
duración y ajeno a cualquier ritmo o melodía, free-jazz en estado
puro. Un inicio tan extravagante como sus propios ejecutores.
Sus atuendos no eran tan llamativos como solían serlo, pero mantienen
su peculiar estética y todavía usan todo tipo de instrumentos
“minimal”, como vientos y percusiones minúsculas o el continuado
soplido a dos trompetas en la boca del gran Corey Wilkes,
actual líder de la banda. Algunos
de los asistentes no entendieron la propuesta de los de Chicago
y, desde casi el principio del concierto, fue saliendo gente muy
poco a poco, pero de manera casi constante. Como mucho, al final,
quedaba dos tercios de la gente que había entrado. Y tirando por
lo alto. Con un solo de batería dieron paso a la segunda pieza de
la velada, una composición mucho más melódica y apta para oídos
no habituados a estos estilos musicales, que vino acompañada de
toques humorísticos como máscaras y bailecitos graciosos de Corey
Wilkes, o los revolcones por el suelo del saxo Roscoe
Mitchell. Los dos siguientes temas volvieron a su esencia “free” más
radical, tanto en los momentos más intimistas, como en los de
mayor velocidad y potencia. Destacaron especialmente el percusionista
y batería Famoudou Don Moye a los yembés y darbukas
y el contrabajista Jaribu Sahid sacando sonidos
imposibles a su instrumento, acompañado de un arco y un extraño
palo, que golpeaba contra las cuerdas. A partir de este momento el chorreo de gente hacia las salidas
de la sala se hacía cada vez más intenso, y aunque entonces recurrieron
a su impecable sección rítmica para desarrollar un tema de gran
compenetración grupal, y aprovecharon para presentar a los músicos,
cierto sector del público, aburrido y desorientado ante algo tan
incomprensible y ajeno a ellos, había decidido que ya nada les
retendría en el auditorio, seguramente ni Lester Bowie resucitado. Tras una tímida pero numerosa petición de bises salieron
decididos, de nuevo, rompiendo el silencio con potentísimos sonidos.
Inmerso en la intensa locura colectiva, el vocalista y saxofonista
Joseph Jarman, levantó los brazos cantando como haría un
auténtico gurú africano y se dirigió al público: «Sed libres,
vuestra vida es muy hermosa, la música os rodea y estos sonidos
son para vosotros, para cada uno de vosotros, gente maravillosa». En la Plaza de la Trinidad se presentaban dos formaciones
diametralmente opuestas: el trío del guitarrista estadounidense
John Scofield y el quinteto del trompetista noruego Nils Petter
Molvaer. La primera de las dos sesiones de la noche, a cargo del John
Scofield Trio, fue una correcta y virtuosa, aunque poco
emocionante lección de, predominantemente, jazz-rock contemporáneo,
blues y sonidos “post-boperos”; que dejó algo frío al público
asistente. Presentaron su último trabajo en vivo “Live at the
Blue Note” mostrando una gran solidez en trío, muy acompasados.
El conocido guitarrista se acompaña de dos músicos excepcionales:
Steve Swallow al bajo y Bill Stewart a la
batería, ambos ya curtidos durante años como acompañantes
de innumerables figuras, y como solistas y compositores. Atacaron elegantemente algunos standards como la balada “Alphie”,
compuesta por D. Warwick en 1966, y cuya audición fue gravemente
entorpecida por el murmullo, no de los asistentes, sino del tropel
de gente que pululaba por los bares de los alrededores: “una de
gambas y una de croquetas” parecía convertirse en el título de
la pieza que se intuía de fondo. El eterno problema de los eventos
populares. Nils Petter Molvaer cerró, con los sonidos oscuros de
su trompeta, la velada de “la Trini”. Su característico
electrojazz nórdico con bases techno, a cargo del DJ Strangefruit
y de Jan Bang haciendo samplers en vivo, no pareció
entusiasmar al público, sobre todo a los que estaban más allá
de la quinta o sexta fila. El trompetista y líder de la banda
logra sustraer sonidos difíciles y brillantes a su instrumento,
pero los numerosos momentos intimistas que creaba la sección jazzística
del combinado se hacían casi imperceptibles y hubo quienes abandonaron
el recinto en grupo. Sin embargo, en algunos pasajes del concierto, demostraron
que son capaces de hacer un jazz rotundo y potente. Incluso hicieron
bailar a unos cuantos jazz-technófilos. En la playa de La Zurriola triunfó merecidamente el
binomio brasileiro de la noche: Zuco 103 y Marcos Valle.
El escenario es el más adecuado para esta música y, aunque Zuco
estuvieron mejor en su actuación del segundo día, Marcos Valle
supo aunar la bossa nova y la samba de forma efectiva.
DOMINGO 25. El cuarteto del saxofonista noruego Jan Garbarek
abrió el domingo la jornada festivalera en el auditorio del Kursaal.
Fue una desafortunada actuación, que provocó varias espantadas
del público, en la que trajo a escena su particular visión de
la libertad sonora y de composición que las amplias fronteras
del jazz ofrecen. Acompañado por Eberhard Weber al bajo y contrabajo,
Marilyn Mazur a las percusiones y Rainer Brüninghaus
al piano, desgranó, al saxo soprano, una serie de temas
de inspiración gaélica y otra de corte más moderna, siempre deteniéndose
hasta el aburrimiento en ciertas notas de las que sacaba todas
sus agudas y estridentes posibilidades sonoras. El público en general, muy dado a aplaudir siempre en Donosti,
estaba confundido. Hasta el punto de que no apludía al final de
algunas piezas y sí lo hacía a mitad de otras, pensando que el
tema había finalizado. Pura confusión que muchos aguantaron poco
tiempo. La sala terminó medio vacía. En La Trini soplaban otros vientos. Sonidos cubanos,
jazzeros y caribeños a cargo del Javier Colina Combo,
que enlazaron con el espectáculo afro-brasileño de Carlinhos Brown. Colina es un contrabajista portentoso, domina la técnica del jazz impecablemente
y sabe conjugar sus esquemas con los sonidos flamencos y cubanos
como pocos. En esta ocasión nos ofreció, de la mano del maestro tresero
cubano, Pancho Amat, una bella velada de son cubano
y de standards americanos, también a ritmo de son. Se mostró feliz
y entregado desde el principio, recitó emocionado algunas letras
antes de que el cantante David Montes las entonara
y conectó con el público, que bailó alguna de las piezas. Por su parte, el cantante de Salvador de Bahía, Carlinhos
Brown, se metió al público en el bolsillo desde el momento
en que pisó el escenario. Las gentes bailaron, levantaron los
brazos y corearon siempre que el brasileño se lo propuso, con
toda esa seguridad y liderazgo que le caracterizan en el escenario.
Se retiraron las sillas de la plaza para el evento, que se preveía
agitadito, y Carlinhos se dio un baño de masas al son de ritmos
afro-caribeños y arreglos de pop latino, que supo transmitir con
fuerza. “Vámonos a la playa, Carlinhos”, se oía por ahí. Sin duda,
habría sido un marco más adecuado para un espectáculo tan participativo
y bailongo. Por otra parte, este año se ha inaugurado un nuevo escenario
para las madrugadas del Jazzaldi, el Heineken Jazz Club,
que promete grandes veladas, a tenor de la programación. Esperamos
que haya nacido otro baluarte del jazz en este agradable recinto,
más nos vale a los aficionados. La noche del domingo disfrutamos de un precioso concierto
del contrabajista David Mengual, que presentó su
proyecto "Deriva" en formación de diez, entre ellos
la cantante Carme Canela y el saxofonista tenor Gorka Benítez.
LUNES 26. El público más adulto pudo degustar en el Kursaal
un recital a cuatro voces del conocido grupo The Manhattan
Transfer, que ya ha pasado por el festival en otras ocasiones.
Muy conjuntaditos, ellas de blanco y ellos de negro, Janis
Siegel, Cheryl Bentyne, Tim Hauser y Alan Paul dieron
un extenso repaso a los diferentes estilos de la tradición vocal
norteamericana desde los años treinta a los sesenta, cantando
jazz, rhythm & blues, rock and roll y soul, entrando también
en la bossa nova y lo latino, con el primer bis en español, “Cuéntame
que te pasó”. Un gran momento fue cuando versionearon el “You can depend
on me”, de Lester Young, con una impecable base rítmica y la guitarra
de Wayne Johnson punteando por encima de las conversaciones
entre los cantantes. El pianista y director musical, Yaron Gershovsky,
fue la columna vertebral del conjunto en todo momento, y el que
situaba y enmarcaba, inconfundiblemente, cada tema en su estilo
musical y su época. Sacaba siempre el sonido adecuado. Interpretaron libremente “Tutu”, de Miles Davis, a quien
homenajearán en su próximo disco, e hicieron un tema en solitario
cada uno, ellas mejor que ellos. Y, aunque hubo algún que otro
altibajo, el público se mostró entusiasmado en muchos momentos,
creando un ambiente emotivo que hizo del escenario un lugar acogedor
para los protagonistas. Volverán. Los conciertos programados para el lunes en La Trini fueron
los más esperados por el público más aficionado al jazz, por lo
que se podía ver y escuchar allí, y por lo que no se había podido
ni se iba a poder escuchar el resto de los días en el mismo escenario.
Fue la velada más orientada al jazz de las cinco que se desarrollaron.
Y de purista no tuvo nada en absoluto. Así está el patio. Digamos
que el único concierto que se puede considerar estrictamente jazzero
de los 9 de este escenario principal, es el primero de esta noche,
el del Miroslav Vitous Quartet. El contrabajista checo, que fuera fundador de la banda
de jazz-rock Weather Reaport, se orienta hoy hacia sonidos más
puristas y se está acercando a los patrones de la música clásica,
para dotar de perfección y belleza sus composiciones. No en vano,
utilizó samplers de clásicos en algunos temas y mandó como solista
imponente durante todo el concierto, dando el sitio preciso al
trío que lo acompañaba: Adam Nussbaum, espléndido a la
batería; el gran pianista Julian Joseph y
Bob Malach al saxo. Vitous es uno de los mejores con su instrumento, sus notas
suenan con una potencia y una nitidez fuera de lo normal, lo mismo
en los solos, que en los vertiginosos desarrollos que ejecuta.
Por no hablar de cuando utiliza el contrabajo como instrumento
de percusión, golpeando sobre las cuerdas, o sobre la madera.
Una gran sesión de jazz contemporáneo con su ingrediente experimental:
un emocionante e inenarrable solo de contrabajo antes de los bises,
al final del concierto. El feliz relevo lo tomaron John McLaughlin & Shakti
con una magistral sesión de música indú y jazz, perfectamente
entrelazados en los ritmos y la improvisación. Un concierto de
elevado rango espiritual y musical, de gran caladura humana. El guitarrista inglés se sentó descalzo y a lo indio
sobre una alfombra, acompañado de Zakir Hussain, colíder
del grupo y virtuoso de la tabla india, a quien presentó
como “uno de los mejores músicos de nuestros tiempos”, a su derecha,
y, a su izquierda, el cantante Shankar Mahadevan,
capaz de alcanzar una profundidad y jondura en el canto, comparable
a la de un seguiriyero flamenco; el guitarrista U. Shrinivas,
a la mandolina, que nada tiene que envidiar a McLaughlin
en su virtuosismo con las cuerdas; y el percusionista que llega
a sucesiones rítmicas y solos impensables para un batería, V.
Selvaganesh, al ghatam, kanjira y mridangam. Todos ellos son grandes maestros en lo suyo y consiguen unos
niveles de entendimiento musical y transmisión emocional altísimos.
Y lo llevan haciendo treinta años en conjunción con el jazz de
la guitarra de McLaughlin, con gloriosos resultados en directo.
MARTES 27. En
la Plaza de la Trinidad presentaba su último
disco, “About Time”, el veterano ex Spencer Davis Group, Traffic
y Blind Faith, Steve
Winwood, quien no gustó demasiado a los que pretendían
hacer memoria de su trayectoria, ya que ahora va por nuevos rumbos,
mas cerca que nunca del soul-pop y de la denominada “world music”,
aunque, eso sí, dando el protagonismo al órgano Hammond B-3, como
antaño. Entonó
también algunos temas de folk y blues acompañado en todo momento
de su cuarteto, y señaló que «la música debe estar viva como una
lengua que evoluciona, pero debemos aprender a apreciar y respetar
todas las viejas formas artísticas y tradicionales». Este
conjunto vocal cuenta entre sus componentes a Lisa Simone,
que es hija de Nina Simone y Lalah Hathaway, hija de Donny
Hathaway. El
público se mostró entregado en todo momento, aunque las revisiones
de las grandes damas del soul y del blues como Nina Simone y Chaka
Khan, distaron mucho de aproximarse siquiera a la magia que aquellas
desprendían. MIÉRCOLES
28. A
la última cita en el Kursaal acudió una de las pocas damas
del jazz que van quedando, Shirley Horn, quien recibió
el premio Donostia sobre su silla de ruedas y, después de que
el trío que la acompaña se presentase con “Autumn Leaves”, inició
su recital, alternando baladas con standards moviditos, demostrando
unas facultades fuera de lo común para su avanzada edad. Es capaz de llegar a notas muy altas para luego bajar gradualmente
hasta el susurro, entonar “Fever”
con todo el sentimiento y versionear magistralmente “Yesterday”,
de los Beatles. El trío con el que ha grabado su último disco, de 2003, “May
the Music Never End”, formado por George Mesterhazy (piano),
Ed Howard (contrabajo) y
Steve Williams (batería), la acompañó con
exquisita corrección, si bien se echó de menos algún que otro
solo y más solidez en el acompañamiento pianístico, que abuso
de los silencios. Colosales fueron las interpretaciones de “Our
Love Is Here to Stay” y de “Time for Love”. Que dure muchos años ese sentimiento profundo del amor en
el jazz, tan impolutamente representado por sus grandes Damas.
Y
el cierre definitivo del Jazzaldia 2004 se hizo de la forma más
animada en la Plaza de la Trinidad, nada de despedidas
nostálgicas. Primero una sesión de mambo y son cubano a cargo de Cachao
y su Orquesta, en la que, el “padrino del contrabajo”
e inventor del mambo, mostró su gran forma física y musical, a
pesar de sus 86 años; así como su dominio del ritmo y de la dirección
musical, y su capacidad de conectar con el público. Y después era el turno de la Spanish Harlem Orchestra
& Rubén Blades, una enérgica descarga de salsa en
estado puro, que hizo bailar al público hasta la saciedad, aguantando
incluso el gran chaparrón que cayó sobre la plaza y que desmereció
un poco el concierto final. Pero todo un combo de trece músicos
de este calibre, que han acompañado durante muchos años al gran
Tito Puente, dirigidos por el pianista Óscar Hernández y acompañados por el popular
cantante y compositor de “Pedro Navaja”, Rubén Blades, fue más
fuerte que la lluvia e hizo permanecer allí a la mayor parte de
los asistentes. Y así ha llegado a su fin la trigésimo novena edición del
Jazzaldi. Esperemos que cumpla los cuarenta con dignidad y que
sepa ir envejeciendo bien, a ver si le va a pasar como a tantos
señores y señoras, que a medida que ven asomar las orejas del
lobo, las de la vejez, comienzan a usar ropas coloridas, e incluso
horteras, y a utilizar el vocabulario coloquial de los jóvenes
para sentirse lozanos y atractivos. Ni que decir tiene que los resultados son siempre ridículos
cuando uno pretende desprenderse de su esencia, así que, señores
organizadores, tomen nota y programen jazz, que es lo que venimos
a ver. Teniendo la suerte de disponer de tantos escenarios, reserven
La Trini y el Kursaal para el jazz, digo yo, que para eso está
La Zurriola, para acoger los conciertos paralelos. Es que de lo
contrario vamos a convertir el Jazzaldi en un directo competidor
del festival La Mar de Músicas, de Cartagena.
JOSÉ LUIS PALAZÓN. CONCIERTO
NUEVO MILENIO
Encaje
de bolillos y muchos kilómetros para ir a los conciertos
de Monte de Gozo. Jueves, Viernes y Sábado. Mediados de Julio.
Año Xacobeo. Contingente policial alto. Medidas de seguridad
y bien de pinganillos.
Dejémonos
de niñas-os supuestamente rockeras-os, monas-os con bandas
de pose y estéticas elaboradas a los que preparan promociones
ad hoc, metiéndoles con calzador de oro en carteles que les
quedan grandes. Jueves
15. Viernes
16. Sábado
17. Estos conciertos son lo que son, a medio camino entre los festivales consagrados con personalidad propia y el macroconcierto del típico grupo que arrastra legión. Para la próxima vez, esperemos sistema de pulseras para entrar y salir, las bebidas más baratas y mayor coherencia en el cartel. En su haber el precio, el horario y el respeto de turnos.
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