He
comentado varias veces con amigos cómo las preferencias del consumidor voraz de música evolucionan al compás que marcan
las estaciones del año. Lógicamente, cada persona es distinta,
y por lo tanto esta evolución estacional se encuentra sometida a criterios meramente subjetivos, pero es innegable
que siempre se da, y en mi caso ésta se produce de la siguiente
manera: Me paso los días grises y fríos del otoño-invierno en
Europa, al abrigo del folk
, la psicodelia, el hard-rock,
el progresivo, etc…
Y conforme la primavera va avanzando, y empiezan a abundar los
días soleados, vuelo mentalmente a América para
reencontrarme con el blues,
el jazz, el soul, el country, el funk y en general
la música americana de raíces. Este año la primavera la inauguraron
David Crosby y Graham Nash con su maravilloso concierto el pasado marzo en el Kursaal
donostiarra, desde entonces me encuentro imbuido de un “americanismo
estival” del que no puedo escapar y que alcanzará su paroxismo
algún tórrido día de agosto, conduciendo mientras John
Lee Hooker entona” Come back baby, baby please don´t go, let
talk about baby, before you go away”…
Llegado
este punto, si hay algún fan de James
Taylor leyendo estas líneas se estará preguntando que de qué
demonios estoy hablando y qué tiene esto que ver con el creador
de Sweet Baby James, pues bien, el caso es que quiero acabar con
una injusticia por mi parte, y es que, han sido muchos años de “americanismo
estival” ignorando de forma absolutamente incomprensible e inmerecida
a uno de los más grandes cantautores que nos ha dado América.
Por supuesto que conocía a James
Taylor, ¿a caso alguien no ha puesto alguna vez la radio cuando
sonaba la versión que realizó en 1971 del original de su amiga
Carole King “ You´ve
got a friend”?;Y ,evidentemente, lo respetaba : No podía resultar
que fuese malo alguien que repetidamente salía en los créditos
de algunos discos de mis artistas favoritos, prestando su inconfundible
voz y su cálida guitarra acústica en trabajos para gente de la
talla de Carole King, Neil Young, Carly Simon, Joni Mitchell, David Crosby, Graham
Nash, Art Garfunkel,
Linda Ronstadt, etc… Pero, lo que desde
luego no podía suponer es el impacto que ha causado en mi persona
escuchar Sweet Baby James, segundo trabajo del americano, un auténtico
placer para los sentidos, una obra suprema, gracias a la cual
puedo entender porqué James Taylor está considerado uno de los
lideres naturales de esa generación de músicos que, a golpe de
intimismo, crearon la banda sonora perfecta para el convulso periodo
de comienzos de los setenta. Gente
como Randy Newman, Scott McKenzie, David Crosby, Joni Mitchell, etc…en
EE.UU. o, a este lado del Atlántico, figuras como Cat
Stevens, Donovan, Julian McAllister, Mick Softley o Mac
McLeod supieron ofrecer una fórmula magistral para captar
a un público que había madurado desde los sesenta, un público
que estaba perdiendo la inocencia y observaba el mundo con cierto
escepticismo y preocupación.
A
esos fans de James Taylor que más de una vez habrán tenido que aguantar que se
califique a su ídolo como “babas”, yo les diría que no se preocupen,
estos ataques, muy probablemente, provengan de un “encorbatado”,
que se enfunda su camiseta de los Stooges
el fin de semana y se siente muy duro porque se ha metido una
ralla en el último concierto del grupo escandinavo de moda, ignorando
que con veinte años James Taylor había pasado por varios centros
de salud mental, ya no le quedaban drogas con las que experimentar
y se había metido más caballo por la vena que un músico de jazz de los años cincuenta, afortunadamente para esta gente en su
pecado está la penitencia, ya que dudo mucho que jamás disfruten
de la magia de Sweet Baby James. Es como esos que califican de
“babas” a San Stevie Wonder y el sábado por la noche, borrachos, intentan ser
los amos de la pista de baile, haciendo quiebros imposibles de
cintura, al ritmo de “Higher Ground”, convencidos de que están
bailando el último éxito de Jamiroquai. Quizás sea que el noble calificativo
“babas” hace referencia a un artista dotado de sensibilidad, intimismo
y talento, o, a lo mejor, es que la ignorancia es muy osada…
Desde
aquí proclamo orgulloso mi condición de consumidor de “babas”,
“nenazas”, “moñas” etc… sobre todo si eso implica disfrutar de
piezas sublimes como “Sweet Baby James”, “Lo and Behold”, “Sunny
Skies”, “Country Road”, “Fire and Rain” o la inmensa “Suite for
20G” , ¿Realmente, alguien que compone e interpreta dos tremebundos
blueses como “Steamroller”
y “Oh baby, Don´t You Loose Your Lip On Me”, o que escribe letras
tan duras como “Fire and Rain” merece ser tildado de babas o blando?
Con
babas o sin ellas, James
Taylor, un artista que desde su más tierna infancia mamó una
pasión hacia la música inculcada por sus progenitores ,dio en
el clavo y, después de un brillante y homónimo debut grabado a
caballo (nunca mejor dicho, puesto que lo hizo mientras intentaba
desengancharse de la heroína) entre Inglaterra y E.E.U.U., James volvió a California en 1969 para
terminar de dar forma a su particular mixtura de rock acústico, folk, blues,
gospel y country
que quedó plasmada en su segundo y, para muchos, mejor trabajo:
Sweet Baby James. Ideal para introducirse en el universo de este
trovador americano, fue grabado con una banda de lujo en la que
destacan dos nombres: Danny “Kootch” Kortchamar,
compañero de correrías musicales adolescentes junto a James y un genial y versátil guitarrista, capaz de tocar con absoluta
credibilidad blues,
country, jazz o rock hippioso y que
sería llamado a convertirse en uno de los más destacados músicos
de sesión de la Costa Oeste. Por otra parte Carole
King, que, pese a su juventud, ya era una reconocida compositora,
presta su piano a James,
al que le unía una gran amistad “con derecho a roce”. James
devolvería el favor a Carole
convenciéndola para que grabase su segundo álbum en solitario,
el inmenso Tapestry, en el que tocan la guitarra Danny
Kootch y el propio Taylor.
Ignoro si en estos tiempos de, permitidme parafrasear
a Ratzinger, “Relatividad
Musical” es cool reivindicar
a James Taylor, probablemente
no lo sea, me da igual. Pero ahora que el panorama musical se
encuentra dividido entre los que follan sin follar a ritmo de
reggeton o, peor, los que observan con
admiración a grupillos que miden su talento por el tamaño de sus
gafas de pasta, yo si he de elegir, amigos míos, me quedo con
la opción anticool y “babas”.
IKER ATXAGA