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Subiendo
por una carretera estrecha y llena de curvas un hombre se dirige
a la parte más alta de la ciudad para verla en todo su esplendor.
Conduce sin miedo, conoce la carretera como si de la palma de su
mano se tratara. Desde la parte más alta del monte la vieja
ciudad aparece encajonada entre los valles. Poco a poco se ha ido
comiendo a la naturaleza y sus brazos se han ido extendiendo hasta
parir barrios y moradas por todas las laderas. El hombre aparca
su coche en el mirador más alto de la ciudad. Lugar donde
las jóvenes parejas, al caer el sol, se dedican a mostrarse
como son realmente. Desnudan sus cuerpos y entre gemidos se van
conociendo unos a otros.
El hombre sale del coche, se pone su trenca marrón porque
el frío ahí arriba es intenso y fuma su cigarrillo
apoyado en una barandilla verde y oxidada. La ciudad le parece preciosa
y a la vez extraña, le cuesta reconocer sus lugares favoritos.
Distingue que la entrada oeste está a tope de circulación
y los vehículos se encuentran parados. El antiguo estadio
de fútbol se encuentra desierto y a su vera los edificios
bancarios aparecen altivos y poderosos.
Un viejo caminante le pregunta al hombre que porque no está
abierta la cervecera. “Sólo abre en verano, amigo”
le contesta nuestro hombre. El viejo caminante se retira pensativo.
El hombre saca una fotografía de su cartera. Está
bastante vieja y manoseada. Es una foto de él cuando era
más joven y alocado. Aparecen como custodiándole otros
dos jóvenes, un chico y una chica. Son los tres muy atractivos
y la felicidad se refleja en sus rostros. Hace ya muchos años
de esta fotografía. Eran otros tiempos. La sociedad acababa
de conseguir su libertad y los jóvenes tenían toda
la vida por delante. El hombre recuerda esos tiempos llenos de ilusión
y esperanza. “Lucharemos por ser felices” siempre decían
entre risas. También eran tiempos de experimentación.
El hombre recuerda su primera relación sexual y su primera
experiencia con la heroína y realmente no sabe que orgasmo
fue mejor. El hombre recuerda y en sus pensamientos se mezclan la
melancolía, la alegría, la nostalgia y la tristeza.
Recuerda la falta de información y la falta de conocimiento.
Recuerda el día que ella murió de sobredosis. Aquel
fatídico día su amigo y él subieron al mismo
mirador y se apoyaron en la misma barandilla para consolarse mutuamente.
La vida le ha dado muchos golpes a nuestro amigo pero ese fue el
primero que recibió y todavía lo recuerda como si
acabara de pasar. Una vez más ha tenido que subir aquí
arriba. Ha subido desde el hospital, lo mira y ve las antiguas cruces
marcadas en sus tejados. Su amigo, el tercer miembro de la fotografía
acaba de fallecer, el sida ha podido con él. Toda una época
ha desaparecido con su muerte, ya sólo le queda una fotografía
vieja y descolorida. Le suena el móvil. Es su mujer. Su hijo
pequeño acaba de aprobar la parte práctica del carnet
de conducir. Hay que celebrarlo, se irán a comer todos juntos
a un restaurante argentino cercano a la remodelada estación
de autobús. Nuestro hombre mira su pasado por última
vez y lo guarda en su cartera en el compartimento más oscuro.
Arranca su coche y se despide. La vida sigue...
A LUCÍA
A COES
El
Mariachi
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